VERMUT DE SOLSTICIO GALDOSIANO

En el aniversario de la muerte de Galdós, con cariño para Paloma

Acababa diciembre y las banderas de Cibeles volaban a media asta. Mientras Occidente continuaba su suicidio relámpago, un catarro inoportuno, con décimas de fiebre, se me aparecía en pleno adviento. Sin embargo, aquella tarde yo estaba contento, mucho. Era el último vermut del año, broche de oro a LosMadriles y con vocación de ser el rey de los vermuts. Minutos antes había dejado mi condado de Salamanca para que, en frontera con Retiro, me paseara por el césped de la puerta de Alcalá. Bajo un sol color membrillo, la mirada “estrelnikov” de los polis de Carmena murmuraban algo que sonaba a sentencias.

A mi ritmo, hice fotos de los Misterios prohibidos y me alejé alegre, sonándome ruidosamente la nariz, por el Paseo del Prado dejando un rastro de pañuelos en las papeleras que llegaron hasta la Plaza de las Cortes. Allí, ya sin congestión y obviando mirar al teatro del Congreso, encaré la calle León para llegar a mi cita. Me esperaba una farmacia con globo, sublimando la botica entre el cielo y el suelo. Y allí estaba yo, a porta gayola, encarando el metro en Plazuela de Antón Martín a hora taurina. Entre Santa Isabel y Atocha y sosteniendo la mirada del monumento a los nuevos mártires con gabardina abrazada. Al fondo… los Doré. Estaba, en fin, en mi terreno, en esa esta plaza triangular que resume la capital tanto como la puerta del Sol.

Mientras me recreaba en el momento, apercibí de reojo que mi dama se aparecía por La Magdalena. Nos saludamos con la memoria de un reencuentro, por fin, haciendo hemeroteca de las últimas veces, o primeras que nos habíamos visto. Tanto tiempo o tan poco, mi amiga pertenece a ese club refinadísimo que gusto de llamar “vieja guardia”, es decir, que viene desde aquellas fronteras preocupadas y virtuales de alambradas 11M, donde una generación, que algún día se nos reconocerá como tal, nos conocimos.

Desde la nostalgia de aquella fecha en que España entró en guerra y este punto alfa madriles, encaramos la tarde comenzando por Atocha. Esta chica es muy organizada y, desde que sugerí el vermut, ideó una ruta primera que, fielmente, seguimos. Empezamos modernistas la plaza de Matute para mirarnos en los portales de la Casa de Pérez Villaamil, donde aparecían nuestro reflejos tras rejas voluptuosas de flores y círculos, idea del mundo vegetal en hierro, que nos reafirma que “La línea recta no existe en la naturaleza”, acuñando el sabido dogma artístico. El modernismo tiene un estilo de cuento de Hadas, cosa que va con muchas ciudades, pero que a mí me contrasta con un Madrid más prosaico, aunque sea versionado en clave de esplín.

Inmediatamente, al lado, la  Mantequeria Cabello, tienda más antigua de Madrid nos devuelve el tono madriles. Dos ideas ya, pues, entre el costumbrismo de costumbre y el modernismo de la moda, la calle Huertas nos permite pasar a la calle Príncipe, y de ahí al barroco de Pedro de Ribera en portada de palacio Duques de Santoña. En apenas el entreé estamos pasando ágilmente por un salto de siglos que nos gusta saborear. Otra clave, la espiritual, nos llega con San Ignacio, en cuya iglesia se anuncia coro vascongado con ribetes de grafía “tx”.

Es un entremés, lo sabemos. Porque el tema de este temático vermut nos espera en el camino. El Parnasillo del Príncipe se disfraza de Pub pero sigue recordando el incómodo café de tertulias. En la puerta nos sonríen Larra, Wilde y Becquer, es decir, el romanticismo lírico, irónico y suicida, pero en el lateral, reposa la cara de Don Benito Pérez Galdós, espacio aparte, para dejar paso a eso tan misterioso e incomprensible como es la Realidad, aunque se camufle de realismo. Y ahí estamos, Don Benito, tercer acompañante, salta desde los azulejos con su gesto de billete, superando esa exageración adolescente de “lo romántico” para acompañarnos a entender eso tan incomprensible como es la realidad, y más si es la de Madrid. Entonces, mi chica emocionada, declina frente al espejo de libros sepias y misales romanos unos versos que bien pudieran ser una bendición de sacerdotisa que inspira nuestro destino de presente perfecto. Casi en trance miramos al pavimento e, inspirados por la iglesia de San Sebastián y Don Benito, el mundo se divide en dos caras que dan a las dos Españas recurrentes: o la calle Cañizares o la Plaza del Ángel.

El Ángel fronterizo, hecho plaza y Misericordia, desaparece así y, bajo la mirada sepulcral de un  Lope, santo y vividor elegimos, natural, empezar bajando al corazón de las tinieblas. Madrid es un tobogán, ciudad física que sube y baja, en su peculiar equilibrio. Decidimos caernos, poco a poco, caminando en el laberinto de una urbe que se va estrechando entre pintadas, banderas tricolores que lucen entre balcones junto con plantas y ropa interior haciendo un intimismo de ideas. Bajamos y bajamos, hasta encontrar una placa desafiante y prematuramente sepia en ese viacrucis patrio laico y sonrojante. La señal amarilla lo dice: Podemos se funda aquí, en la Marabunta. De la calle Torrecilla del Leal a Lavapies, todo este lirismo de paseo, se va haciendo carne y así nos lo muestra en bancos que acogen a las artrosis de lo que queda de España, mientras una joven del Nuevo mundo acerca un tacatá senior y unas sinuosas letras árabes claman revolución en avisos encriptados. Bajamos el tono de voz. Hay que subir, pensamos. La subida será dura, “vamos a hacer piernas, hoy”, y elegimos un zizagueo de vías hacia lo alto, recordando las aguas que caían para lavar los pies en ese Madrid zarzuelero e irreconocible. Seguimos el nuevo arte de grafitis amenazante entre más pisos ocupados y tiendas con olor a incienso que venden flipe on the rocks. Las forjas de los rebeldes nos animan, cuando aparecen entre resentimientos de gotas de leche reivindicativas en placa que recuerda a Don Arturo Barea.

La media luz hace brillar la ciudad cuando vamos llegando a la Latina, mercados sin mercadería de la Cebada, con murales de monumento a la nueva raza, al nuevo hombre, que nos parece ya tan viejo y con ojeras. Hay aquí un oasis de recuerdo a Lina Morgan y caminamos, ahora en meseta lineal, por el Madrid de media tarde que se busca a sí mismo. Cuchilleros y Botín, el más antiguo restaurante del mundo, nos traen ecos de Fortunata, que bebe vino en Mr Pinkleton hasta llegar a la Plaza Mayor. Allí los comerciantes ponen su Belén mientras un spiderman abotargado descansa la biografía en un cajón. Las casetas ofrecen figuras que aspiran ser reclutadas para Belenes y el fantasma de Chencho deambula perdido entre grandes familias que ya no lo son. Entre ensoñaciones nostálgicas y velas ornamentales que lucen pero no iluminan, llegamos al espectro del Teatro Albéniz. Las tiendas que le rodean, han cambiado la santidad por la santería, las casullas son ponchos, los capotes muletas, y una New Age colorín colorado va creando estética en la calle.

Algo se escucha desde Pontejos. Acudimos a oír villancicos como niños ilusionados que cantan coros de gorro cocacola, y danzando burra rin-rin llegamos a la Plaza de don Jacinto Benavente, en su espacio concentrado de turistas, librerías religiosas y meretrices de cierta edad. Rezamos una plegaria ante los almacenes Fines Casas mientras tratamos de desempolvar la placa de Don Jacinto.

Y así, como sin darnos cuenta, resulta que hemos dado un círculo, o aún más, una vuelta al ruedo en Madrid que, paseando en pasodoble, nos termina haciendo un chotis. Para celebrarlo entramos en Casa Alberto. Pedimos vermut de grifo y torreznos. Momento histórico que sella la primera vez que me tomo un vermut en todos estos vermuts. Pero es que la tarde está realista y lo merece. Brindamos con Don Benito por ello y nos sonrojamos de dicha.

El solsticio ha llegado. Y con él, la Buena Nueva.

Gracias, Paloma.

In Memoriam Benito Pérez Galdós

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