Paloma Chamorro, periodista aclamada como “musa de la movida” ha fallecido este lunes de enero. Recordamos la imagen de Paloma en televisiones preadolescentes de mucha noche en horarios dormilones de formato underground. Cabellera negra en platós oscuros de humo y tonos de club cerrado donde, bajo la etiqueta de “transgresor”, clamando a la irreverencia, en los que se juntaban los protagonistas de lo que sería el diseño estético de una etapa esclerotizada y cartón piedra.

Allí se mostraba un compendio de aspirantes al resurgimiento del “arte”, palabra ya destrozada desde hace tiempo que diseñaría la cutrez de una época. Todo bajo el título voluntarista de “la edad de oro” que, en Madrid, se encarnaría en el mito de la movida, cuyo principal propagandista fue ese viejo truhán de Tierno. Ya saben, el hegeliano cuya dialéctica del “colóquense y al loro”, sería el punto de partida de un exterminio, juvenil e ingenuo, sacrificial de la democracia.

El sistema recién inaugurado encerraba la deformidad de un espíritu al que se debía dar vida estética desde la renuncia a raíz alguna, disparándose hacia sí mismo desde la fealdad orgullosa. Pasaban, desde la efervescencia de la edad, jóvenes rotos y listos; unos carne de cañón, otros buscando su sitio en el nuevo establishment cultureta para desarrollarse en poder.

Nos gustaba la Chamorro porque era una tipa con gancho, modulada, preguntona y hábil entrevistando a un grupo normalmente colocado de sustancias y anclado en monosílabos, haciéndola parecer más musa y más lista por contraste con entrevistados y auditorio.

Para algunos, estos programas encierran la nostalgia, para otros, el rechazo. Para mí, simplemente, el testimonio de una época que nació muerta, inmanente y deforme. Y más ahora cuando, en estas horas de fin de ciclo, donde la acumulación de diversas capas de nadas y vacíos amenazan con hundir esta farsa, no me produce otra cosa que pena – la intuición confirmada del sentir primero – Es el documentalismo testigo de un sistema que no da más de sí, porque nació para no dar nada. En estos días de largo invierno, donde todo se va descubriendo, entre jefes de Estado en sus vergüenzas y un pueblo incapaz y pasota por hastío y falta de talento alguno, conviene ver el desencanto tipo Cuéntame-Cuéntame.

El espíritu de la época se asfixia y no le queda más que mitificarse a sí mismo. Allá él. Los que no nos creímos nunca nada, lo vemos retorcerse y no nos alegramos, claro, porque en él, queramos o no, estamos inmersos.

Lo siento por la Chamorro porque, una cosa no quita la otra, a mí me caía bien, como siempre me caen las fatales y las chicas con arranque. Siempre me han gustado las chicas malas y, de haber sido más mayor y haber vivido en Madrid, hubiera destrozado mi biografía con sumo gusto.

En fin, Paloma Chamorro, DEP.

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