ARAMBURU Y LA PATRIA ENSIMISMADA

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Patria es el libro que más despacio he leído en mi vida. A medida que avanzaba y notaba con angustia la disminución de su grosor, empecé a leerlo en cámara lenta. Y eso que lo comencé con rabia. No una rabia en bruto, virgen, pues mi estado de ánimo ya estaba vacunado de alertas, bien modelado por volúmenes anteriores que sirvieron como protector de estómago y mente: Los peces de la amargura y Años lentos. Un libro de cuentos y una novela de diseño original. De la fusión de ambas nació la perfección de Patria, último trabajo de Fernando Aramburu.

Entramos en un paisaje con lluvia permanente y aroma a pescado frito; enmarcado entre un romanticismo de montañas y pescado frito en las cocinas para descubrí zulos y celdas donde se filtra una humedad de conciencias ciegas. La historia serpentea así, a ritmos alternos por un laberinto de tabernas oscuras, iglesias secuestradas por hechiceros sin fe que, con coartada católica, alzan sus manos viscosas olvidando bendecir almas para santificar ideologías ensimismadas. Callejón sin salida, pues, generador de un cáncer brota de hombres pero se filtra en metástasis por matriarcados de hierro generando verdugos y víctimas que se mezclan en familias que, del hermanamiento del amor pasan a la fraternidad del odio.

Si, Aramburu parte del odio para mostrar la logística de sus rutas diseñadas por el hacha y la serpiente, bietan jarrai: los dos caminos donde se siembra eficiente la sequía de un pueblo reduciendo su grandeza a la nada. Del txato, como saludo afectuoso, al txibato pintado en la pared, hay una sentencia de muerte tan asumida por el silencio de los borregos. El autor sabe de lo que habla y nos regala el mejor análisis socio psicológico de lo que ha supuesto ETA y su doble vía. Con dos familias, un cura y un mutismo general, se relata en este Macondo tan real, y lluvioso, una procesión de muertos silentes y fantasmas de la conciencia, la ciénaga de un mundo ahogado en sí mismo. Cada personaje, en su jerarquía, añadirá una clave al puzzle de la historia, puzzle de destrozo, cuadro hecho añicos.

La historia, en palabras del autor, en el fondo no es más que un prólogo de 600 páginas para explicar un párrafo, el último. La historia de dos amigas, dos madres del mismo pueblo que sostienen la novela. A través de sus miradas vemos como se manufactura irremediablemente el drama. Ellas encabezan el paisaje humano que lucha por emanciparse o naufragar del mimetismo obligado que les rodea. Euskadi como jungla, cul de sac, del que apenas se puede salir vivo más que por la inteligencia -Gorka- o el perdón – Bittori -o el coraje- Arantxa – . El animal humano lucha así por sobrevivir, salir de la madriguera trampa, del zulo al que han instalado a un pueblo que se mueve a golpe de amenaza y códigos. Silencio. El silencio vasco que hoy, tras medio siglo y mil muertos y heridos se va quebrando por gente como Aramburu, cuyas letras dan testimonio y catarsis.

Al terminar el libro, hago mío un gesto final de agonía, gesto único y último de seres humanos desguazados de dolor que logran liberarse por intuición. El libro, ya leído, no se acaba, apenas empieza. Comienzo para, por fin, ver la realidad como es desde alguien que lo ha vivido. Libro para, ahora con más calma, volver a degustarlo una y otra vez eligiendo capítulos al azar, pues se puede leer como se quiera: cada capítulo es un cuento que, en sí, contiene la maestría de toda la historia. Un libro que empieza doliendo y se acaba con un boquete en el estómago de vértigo y lucidez.

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