A Spig le da un ataque al corazón. Se le indica que le quedan 3 días, ó 3 semanas, ó 3 meses… no importa mucho, en esa vaguedad de cifras con precisión de final absoluto. Se abrocha la camisa y pide un cigarro. Sabe bien que es el final en todo caso, y no cambia el gesto. Sus compañeros le hacen una despedida inesperada cuando, pasando entre un pelotón de soldados en formación ve que los oficiales, sus amigos, improvisan un nuevo adiós formando, los últimos metros para prologar el adiós.

Wayne se emociona con los ojos, porque Wayne es, sobre todo, una hermética forma de actuar que se humaniza en la mirada. Se detiene para pronunciar un par de nombres, antes de subirse a la silla que, a modo de teleférico, une la fortaleza acuática con la nave que le llevará a casa. En esa vía sobre el mar, entre dos mundos, cambia el plano para mostrar el rostro de la persona que más le ayudó en vida, ‘Jughead’ Carson. El ojo de buey desde donde mira por última vez su amigo es un retrato puro de la pérdida, la nostalgia y el desencanto. El hombre que le resucitó contra pronóstico entre gritos, canciones y whisky, ve irse  a su amigo sin merecer una despedida en su cama de enfermo. Ladea la cabeza, tira el cigarro y desaparece del cuadro.

Este plano, totalmente ignorado tras horas trepidantes, es la rúbrica de la película. Wayne, Spig, el héroe carismático y audaz,  ejemplo de superación personal y devoción a su única patria, la Marina americana, es descrito magistralmente por John Ford en una obra cumbre que engloba toda su obra. Como muchas obras tardías, que llegan bajo la senda de obras maestras, es calificada por la inefable crítica, como “obra menor”. Ya habían pasado éxitos con trilogías de caballerías, centauros del desierto… pero “the wings of eagles”, engloba todas. Ford es un genio, lo hemos dicho ya, pero a medida que vemos sus películas, nos parece mejor. Las obras maestras se emancipan en el tiempo y cada vez nos enseñan más cosas, más detalles.

La épica que siempre identifica al autor, idealizando un mundo, acompaña las miserias de sus habitantes. Miserias comprendidas, pues el director narra una crítica tenaz e invisible, desde la comprensión de la persona, eso tan complicado. Diseñar un héroe, describir su afán de superación, su amor por su patria y su vocación, no oculta el egoísmo que desborda su vida. Y sus víctimas. Maureen O’hara destrozada por un amor continuamente relegado, con hijas huérfanas de padre, son redimidas al final, muy al final, en un flashback que, antesala de la muerte, reconcilia a su protagonista con lo que ha perdido por dejado-de-vivir en su vida.

El ejército es la casa natural de Ford donde maneja este mundo rico de sentimientos. Sobre una capa idealizada de himnos, banderas y camaradería expone con gozo una tristeza crepuscular de compañías de hombres infantilizados que viven su vocación entre broncas y dedicación ciega. Héroes que se emocionan más ante la despedida de sus camaradas que ante la pérdida de una hija o ante la frustración de su amada.

A Ford se le entiende cada vez más, y ya no es sólo el patriota americano de primera visión, sino un psiquiatra que entiende, critica y ama a sus pacientes. Ford y Wayne, Wayne y Ford, no podía haber encontrado un antihéroe mejor, alter ego, de limitaciones afectivas y épica en su misión.

Salí sorprendido de nuevo, pero más triste que antes. Estoy envejeciendo, está claro, me empieza a doler la épica de los triunfos del héroe solitario. Me levanto de la butaca y salgo a la calle pensando en el vacío de los grandes victimas del egoísmo que destila la gloria, verdaderos protagonista de Ford, perseguido por el rostro de ‘Jughead’ Carson al otro lado del ojo de buey y Maureen fumando su soledad.

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