La exposición ‘Chema Madoz 2008-2014. Las reglas de juego‘ expone en la Sala Alcalá 31, un recorrido por la obra del artista realizada en los últimos seis años. Esto es lo que vimos:

CHEMA MADOZ ALCALA 31

Entrada a la inauguración de exposición de Chema Madoz

Mostraban las primaveras inocentes de aquellas vanguardias eternoretornistas que una lámpara, por ejemplo, dejaba de ser bonita o fea cuando, arrancada del techo finito de la salita de casa, se colocaba solitaria en la orilla del mar abierto. Allí, aislada de su contexto, huérfana, inútil y liberada de los códigos de la rutina, descubrimos en su indefensión una antorcha heroica para iluminar sirenas y, sólo entonces, el desvalido objeto nos comenzó a parecer… interesante. Empezaba así, o de otra forma parecida, una historia diversa, mas allá o acá de lo real, súper real o surrealista, en fin. Un espacio nuevo donde se podía jugar en los márgenes del mundo codificado para comenzar a despertar a la realidad en clave de sueños donde las cosas adquirían vida entre metáforas y greguerías.

 

CHEMA MADOZ ALCALA 31

 

Tras tantos bostezos oníricos, pesadillas más o menos acertadas, se comienza a gestar la personalidad del objeto hasta llegar su emancipación con el gran Chema Madoz que, en su obra multicolor de blanco y negro, desposa con exactitud a la cosa con la idea para bendecir las corrientes de la lucidez que llegan desde las ventanas  abiertas de la inteligencia.

Ayer volvimos a disfrutar el descubrimiento en su exposición en Madrid, «las reglas del juego’ en la sala de Alcalá 30. Pasearon ante nuestros ojos, en unas horas,  los secretos guardados de las cosas, sus posibilidades diáfanas y pulcras entre la forma y el mensaje. Así el universo de las grandes ideas como el tiempo, la mente, la creación y la muerte se desnudaban en un baile tangible con tortugas, un árbol o un piano.

CHEMA MADOZ ALCALA 31

Madoz es ese explorador cuya misión es unir los mundos platónicos de las ideas y sus sombras para enlazarlas, simplemente, colocando las cosas en su sitio, desde un ángulo donde, con claridad meridiana, se entiende todo. Y lo hace sin aspavientos, pureza en medios y personalidad, apenas una cámara, maquetas y un punto de vista místico que descubre lo real y lo libera al horizonte de la revelación.

 

El arte es aquello que siempre señala a «algo más». Al contrario del ensimismamiento que produce el idolatrado arte moderno donde, ante cualquier pieza, en el mejor de los casos, solo se alcanza a ver un vacío – en el peor, la mente enferma del autor –  Madoz ha venido aquí para trascender la realidad, seducirla, entenderla y mostrarla tímidamente ante un público fiel que observa y siempre le entiende. Autor como los antiguos que, respetando el misterio vital, logra mostrar un atisbo del orden infinito que nos rodea. Así, tras la experiencia abrimos los ojos para salir a las calles alucinados hacia afuera tras recobrar la vista y entender algo de «las reglas del juego».

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