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A N.G.

«Pues nada chica, lo dicho, hasta pronto si nos vemos. Yo sigo con mis canciones y tu sigue con tus sueños»

Celtas Cortos – «20 de Abril»

Nos conocimos de negro y de noche, en un cuadro expresionista y castellano sobre el lienzo de La Antigua. Sólo resaltaban tus ojos verdes, joyas encrustadas en la palidez de un rostro opositor encarnando un espíritu gótico sobre sombras platerescas.

¿tú eres integra? … pura, en fin, ya sabes…

Yo era así de impertinente en la primera noche, medieval y con incontinencia de verdades que disparaba envueltas de humo y metáforas provocadoras. Tenía todavía las pupilas ceñidas a los límites infinitos de mi pueblo imperial cuando tus ojos se ampliaron a responder sin mover un músculo:

por supuesto

El negro que yo gastaba era existencialista, contrastando con el tuyo de tonos de capa antigua. Me empezaba a perder peligrosamente en mi época Sartre y nicotina, chico grave en blanco y negro, de luto por mí mismo y ya sintiendo en clave angustiosa y dandy, romántico y con unos matices anémicos que anhelaban una neumonía como excusa por glosar.

Lo recuerdo en otra vida, mientras escucho la canción de Los Celtas. Era mi quinta existencia según el oráculo excel, según supe después.  Venía reciente de jurar bandera y aquella noche aparecí acompañado de escuderos fieles, la Cámara de los lores en pleno, que venía de celebrar, entre tablas redondas y tabernarias, para caer en un oasis donde apareciste tu, hechicera de asfalto a recordarme el por qué de mi luto con una lucidez precisa.

Así empezó todo. Esa noche había luna llena y nos casamos de negro, como las bodas antiguas y en secreto. Sin luna de miel, nos dedicamos a descubrir en círculos la ciudad durante años, niños de la mano, recitándote mi rabia en verso ante tu asombro mientras esbozaba mi primera filosofía inmanente-pero-de-espiral-hacia-afuera entre madrugadas de corazón caliente y nucas gélidas para helar conceptos con sangre. Noches efervescentes de poesía maldita entre labios de besos y morros de broncas, copas de ambrosía y cálices amargos, primeros pinchos y últimas cenas, templos y tabernas, procesiones y romerías… Hasta que un día de primavera llegó el destino a la aldea desde una Europa arrogante, pagana y pelirroja que buscaba rescatarme para condenarme. Tras ese rapto te liberé, donándote mi ausencia para que entre tus silencios mi recuerdo se terminase soldificase en leyenda.

Aparecieron entonces islas del norte-norte en tu bola de cristal, llena de paisajes románticos con niebla en que imaginabas un héroe maldito que se encarnaba en fechas de guardar en aeropuertos veloces donde te contaba historias del más allá que tu ya sabías. En ese entretiempo tu vestías ya alegre y conquistabas la capital, instalada en el establishment, cogiendo colorcillo capitalista de los Serranos. Cambiamos la brújula y entre puentes aéreos, más cerca del Olimpo, bailamos en el eje Irlanda-Madrid-UK dejando las fiestas de guardar en una Pucela que guardaba fiel nuestros espíritus de niños en cada esquina.

La música de los Celtas seguía sonando nueva mientras caían años como siglos y, entre tantos roles vividos, nos hemos terminado inventado a nosotros mismos a golpes y versos hasta conseguir ese  milagro de sobrevivirnos a nuestra condición salvaje de «bestias envueltas en una educación clásica», dogma tuyo, verdad revelada.

Never mind, aquí estamos, como ayer, como siempre, tal como éramos y seremos mientras escuchábamos a Los Celtas: un par de niños íntegros y de luto.

Gracias, Princesa.

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