Se inauguró la venida del solsticio de Christmas en España este pasado weekend disparado desde todo un Black Friday. Fue más grey que black, todo hay que decirlo, tras unas lluvias pesadonas que deslucieron el súper encendido colorín del jueves crepuscular. Así, los escaparates de mi barrio, se llenaron de rótulos que deseaban best wishes protagonizados por maniquís chicks de ropa estrafalaria lencería fina para mostrar el moderno espíritu de la Navidad.

 Finde intenso y largo pues, en ofertas de 4 días a descuentos imbatibles, corran, corran, que me hicieron casi caer en la tentación de comprar otra tablet. Arrastrado por la euforia, pasé a preguntar precios y casi me convencen para que me compre una muñequera que controla mis sueños, vigilias y carreras para la operación San Silvestre. Aguanté la tentación como un jabato porque tengo alergia a la palabra «control» y salí huyendo a respirar desde la vida concentrada en Malasaña.

 Allí me esperaban un grupo de militares concentrados en la Plaza del dos de Mayo como héroes deprimidos con gorra azul. Era la segunda vez que me topo en 48 horas con el temido y mítico estamento del ruido de sables, ya saben, ya que el jueves en el Incipe inauguramos el tradicional seminario de fuerzas armadas y comunicación entre “empotramientos”, libertad de expresión, en fin.


Me cuelo en la plaza haciendo fotos bailando el vals de Bashir, que es la forma más efectiva de moverse, observado bajo la atenta mirada de una rubia con gorro que me señala de lejos. Espero un poco a que venga a bailar conmigo pero se corta y a cierto punto la zagala me hace una foto, moda que inició mi amiga Paloma y que se va a convertir en costumbre, por lo que veo. Como la lluvia seguía meona y los discursos no acaban de comenzar decido ponerme a buen recaudo en un bar elegante y Grey -de Dorian, mas bien, parece- donde escribo un cuento y un poema a la rubia ignorando ya la concentración a la que apenas me llega un rumor desde el ventanal.

Finalizando mi Rioja veo que los militares se dispersan y yo salgo con mi cuento acabado hacia las calles, chute de vida entre guiris, bohemia que pasea perros entre tabernas de toda la vida con sus abuelos de caña y su oriental descargando máquinas tragaperras. 
Me alerta un mensa inesperado desde mi isla pelirroja anunciando llegada. El mundo se cubre de black stuff por la stout bien tirada en reconvertidos pubs cañí y la nostalgia lluviosa me traslada a otra vida. Me confirman que la isla está destrozada y mi ausencia ha cubierto de neblina a Erín. Ni mi permanente fantasma en Mulligans es capaz de aliviar la pena. Confirmo que a mí me pasa lo mismo, estoy broken-heart-at-the-moment , es que se junta todo, y declinamos poemas de Yeats rubricados desde un sentido Sláinte que resuena en las neuronas.

 Never mind, antes de ponernos a llorar, avanzamos hacia el único Sol madriles del saturday para cambiar el tono a red donde marchas en columnas nos visitan, que detalle, para adornar el árbol recién iluminado. Se sienta la expedición tranquila en el pavimento coreando villancicos de mantras graves. El blues policial vigila y los turistas se van abriendo por las calles entre la Spanish revolution.

Y sale el astro sol, este sí, de forma tímida en domingo entre el pueblo entusiasta del vermout. Intento por segunda vez comprar mi tablet, ya absorbido por la tentación, pero la providencia me salva de nuevo ante el sonido de campanas redentoras que indican que es Adviento.
 Entro en mi parroquia, vertical y blanquísima, arrastrado por himnos gregorianos que, cual nana culta, me arrulla en la lengua madre. Encuentro una alegría de espera, de venida, de buena nueva.

Empieza Diciembre.

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