En este día de los Ángeles Custodios se nos recuerda que, entre los peones de la Corte Angélica, existen unas fuerzas especializadas en la guarda personal de los humanos. Soldados de la trascendencia, vestidos en inteligencia azul y pura por la contemplación de Dios. Parece que actúan mediante movimientos del espíritu y nos los encontraremos, al final, en el Cielo. Esto no es dogma, pero seguramente es así, pues gente muy lista ha hablado de ellos, doctores tiene la Santa Madre, en fin.

 
Yo, la verdad, no sé si tengo el mío, pero creo que necesitaría un par de legiones muy bien entrenadas para indicarme, más que sutilmente, los peligros que acechan en esta vida mía de tantos sobresaltos, idas, venidas, islas, penínsulas y cambios de ritmos surrealistas. En todo caso, ahora que lo pienso, creo que el mío, anduvo por ahí en un par de ocasiones donde se ganó, con creces, las alas como Clarence, aquel entrañable ángel en la inolvidable «Qué bello es vivir».

 
Sin embargo, en mi escepticismo ortodoxo, yo creo más en otro tipo celestial que tan bien representó mi Maestro Goya, como atestigua en su morada eterna de LosMadriles agasajado, no por ángeles de mármol – vaticanos y mofletudos –  sino por ángelas féminas de facciones hispanas.

 
Son estas criaturas con peculiar humanidad y belleza celestial, ejército ácrata sin clasificar en ningún concilio, ni en género ni número, y cuya especialidad, parece ser, es la de cuidar artistas hispanos de sordera interna, heridos por sus choques con la realidad en medio del tormento creador.

 
Estas ángelas, se hacen más visibles que sus colegas varones: intuyen el peligro desde sus entrañas y no se cortan para, sin avisar, deslizarse raudas en las biografías temblorosas tan necesitadas.

 
Biografías, quizá, un suponer, que se van enterrando en las arenas movedizas de los lechos sin hacer. Lechos a los que crecen puntas envenenadas  en esas noches intermitentes donde la angustia se abre paso entre luces azulonas para dejar atravesar una sobredosis de verdad letal, sin poder ser digerida por pura ni distraída por contundente. Esos lechos con vocación de tumba que van atrapando cuando ya, la luz externa, terriblemente externa, no se atreve siquiera a pasar por las rendijas cortantes de las persianas.

 
Es entonces, ante el brillo de las guadañas afilándose en el horizonte, cuando la ángela se aparece de un portazo en sms, wasap o llamada telefónica para, muy suavemente, como si nada, vocalizar palabras ebrias de vida que resucitan cadáveres exquisitos. Así, parole-parole, van llenando de música las guaridas de esos tipos-con-proyecto-personal para sacarles por naturales de su laberinto letal que se han fabricado solitos.

 
Y lo hacen, simplemente, devolviendo la memoria, recordando lo obvio tan olvidado, trayendo amor en cada sílaba que, verso a verso, estimulan neuronas fatigadas, organizan la rabia en metáforas y, en fin, visten a la bestia de lo que la bestia es y había olvidado, para ponerla finalmente en pie y, dejarle con la lágrima guerrera, mirar con el gesto heroico a eso que se llama Destino.

 
Con todo mi amor y gratitud a Avigoria, mi ángela.

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