«Estoy oyendo crecer a mi hijo»

Hace hoy siete años que falleció Don Francisco Umbral. Hijo único y vallisoletano aunque naciera y viviera en LosMadriles. Un niño «que tenía mal oído para la música y muy buen oído para las palabras». Escribió de Valladolid y Madrid para no salir nunca de sí mismo, en ese autismo de las mentes sensibles que les hace incapaz de entrar en el mundo, de mezclarse. Así convierten el trabajo, sus artes, su oficio en el cordón umbilical necesario para hacerse un mundo habitable, en su terapia. Porque se trata de interpretar el mundo, de construirle a tu imagen y semejanza y una vez allí arrojarte disfrazado de tus sueños para encontrar el sentido, eso que es tan difícil de encontrar en vida.

Así vimos crecer entre alter egos al niño enfermizo y repelente, resabiado precursor del joven inquieto de melena y bufanda roja, del comunista dandi, y del snob amargado e irrecuperable rodeado de marquesas y poetas en la dacha.

Umbral, hijo de Greta Garbo, al que la madre le cortaba las uñas salvajes mientras exploraba la ciudad en busca de vida, amores y broncas. La madre eterna, idealizada, recreada. El perfil amantísimo del hogar y el beso.

La adolescencia y las ninfas, sexo turbio, enfermo entre tisis y endogamia. Los fantasmas interiores de los Francesillo que explotan en la provincia por metáforas de ansia.

La vocación se busca en Madrid en su trilogía que abre el deslumbramiento de la ciudad, Arguelles y el café Gijón, Tierno Galván ascendió a los cielos y la Santa transición gasta minifalda entre borracheras, poesías, drogas y titis. La noche efervescente de Madrid, el exceso y la poesía, jardín de las flores del mal y aprendizaje de la vida para intentar la sublimidad sin interrupción.

Volteó a la historia para aparecer en un “Burgos salmantino de tedio y plateresco, en una Salamanca burgalesa de plata fría”. El Franco de Umbral era un César Visionario de mesa camilla, surrealista que firmaba sentencias de muerte “merendando chocolate con soconusco” entre laines y generales en cruel caricatura cual Felini en Amarcord. “Mi Franco no es Franco”comentó más tarde.

El milagro y el dolor, la herida llegó con “Mortal y Rosa” un libro del que los críticos no se acaban de poner de acuerdo sobre el género, ni falta que hace. El diario sin fechar, por eterno, donde se cuenta la agonía de los niños que vienen al mundo “por el túnel amarillo de la enfermedad”, los paseos de la mano del padre, el descubrimiento de las letras, de la vida, y con ella el dolor, la soledad de la ausencia y la visión del cadáver sin afeitar en que nos vamos reconociendo todos por la mañana.

Umbral en las columnas, mal llamado “analista político”. Yo solo leía el Mundo por el artículo de Umbral. El buen escritor y mal novelista acaba encontrando su nicho, su éxito en la última página del mundo. La demagogia se hizo carne, verdad, arte, por el abuso de la idea en función del estilo. La frase brillante que nos eleva de la anécdota a la categoría por el espasmo lírico de los adjetivos bien hilvanados. Umbral caricaturista, dejando dos sellos imborrables, desde los “infrarrojos” hasta “la derechona”. Este último posiblemente uno de los conceptos más injustos y perdurables que se han hecho en los últimos años.

En fin, Umbral el dandy, el insolente, el sobrino de Wilde, el mal novelista que se queda en el artículo como forma dignísima de fracasar. El sentimiento embotellado y la dejadez del análisis riguroso para quedarse colgado en la belleza de una frase bien adjetivada. Decía un amigo mío que Umbral era un gilipollas que escribía bien, y posiblemente sea cierto pero se lo negué.

Se ha dicho que Umbral tenía “cáncer en el alma”, que no había “superado el ser hijo de una portera” . para otros es el borracho que riñó a Milá porque no se hablaba de su libro.

Para mí, es uno de los míos. Y uno reconoce con orgullo y lágrima tímida que estuvo enfermo de Umbral y hoy le recuerda como ayer, como siempre.

Volveré al café Gijón desde mis trenes de provincias a tomar un café en los butacones rojos mientras el mundo se duplica entre espejos y camareros de otra época, y por supuesto a pasear de la mano del niño enfermo para descubrir las palabras y creer de nuevo en la literatura. Y hasta volveré incluso a las mesas camillas del chocolate con sonocusco y las sentencias. Aunque me saque de quicio y me tenga que levantar en algún párrafo para calmarme.

Don Francisco Umbral, estamos en contacto desde su obra. Gracias.

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