Terminamos por fin de celebrar onomásticas de San Juanes y vísperas de fuego, en este veranazo de bochorno que anhela tormentas nocturnas que no acaban de romper.

 

Han sido dos días intensos, broncos y polémicos que comenzamos, como la gente bien, la mañana del lunes en el Ritz con un desayuno soviet-burgués bajo lámparas de araña. Este acontecimiento ha dado para mucho, como saben, en otro acto de zarzuela cañí entonada desde una gran partitura antigua creada desde el sistema y cantada desde el nuevo ritmo mediático para una generación nueva.

 

Hizo el paseíllo del hombre de moda como la entrada de“Strelnikov” en el baile de Zhivago: crecido, seguro, con la sombra gris neuronal del camarada Monedero al lado, el gran cerebro de la extrema-izquierda-complutense y latinoché. Personaje que, aunque vocalice peor que Iglesias, tiene más recorrido y, cuando te descuidas, te recita a Pessoa, reflexiona sobre amores hegelianos o reza sermones de la montaña sin dioses. Son, aunque la comparación les molestará, la versión posmoderna y roja de los míticos infrarrojos umbralianos Felipe y Guerra, chicos del siglo pasado, en este eternoretornismo recalentado ibérico.

 

Iglesias se lució ante una pequeña-burguesía cómplice – el gran problema invisible de España en fondo y forma – que, con gesto de póker te aplaude la opinión sobre el aborto, sonríe cínico ante las críticas  del chico listo, y que termina expulsando a un proletario disfrazado de gala que, espontáneamente y a gritos, viene a gritar en llano brusco los detalles que no se cuenta en el brillante e incompleto sermón circular.

 

Visto lo visto, yo también me fui antes de tiempo, acalorado tras la performance y me tomé un pincho en el bar del espontáneo. Afuera el sol seguía apretando a media tarde y nos convocaron a una necesaria batalla de agua se libraba en La Latina. Allí alrededor de la fuente, entre generaciones efervescentes, que están en otra onda nos dedicamos a arrojamos cubos de agua entre coches para limpiarnos de tanta polución bajo la mirada atónita de guiris que siguen sin entender nuestras costumbres.

Tiempo para comer un bocata de calamares en el Brillante donde de reojo, la inevitable televisión, explica al pueblo que el establishment trabaja exprés en nuevos aforamientos – que como todo el mundo sabe, “no es un privilegio en ningún caso” dice un tertuliano a sueldo – se explican reformas fiscales que no llegan ni deducen, los nuevos Reyes trabajan a destajo y demás historias del corazón… hasta que la nostalgia aparece a los postres con la repetición de un gol bellísimo que rubrica una victoria inútil de la selección en su propio descuento.


En fin, cae la noche más corta, tan pesada de color tormenta preñadísima. Me leen las cartas y la presión atmosférica en las horas brujas nos hace desvalijar la casa para quemar la mecedora de los antepasados en las cercanías de San Francisco mientras saltamos alegres como paganos entre gritos y euforia exorcista.

 

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