A las 7 en el Teatro Real dice el email. Me levanto congestionado a las 6, con frío en los pies y sueños de lexatín interrumpidos. Por la ventana entra brisa nocturna y arias fin fiesta de juventud díscola. Mi vecino Riki está en el portal con los ojos enrojecidos intentando abrir la puerta. De camino paso por «La Posada de las Animas» donde salen los últimos residuos del purgatorio entre aromas de hierbas y escoltados por ángeles guardianes de uniforme.

 Nadie en el metro, apenas dos amigas que resumen la noche desde la altura de sus tacones. Cambio de línea y me bajo en Ópera, mercado oscuro con papeleras rebosantes. Ya hay gente en el Teatro Real, palacio hoy de los Sueños y de la Suerte. Dos colas: una numerosa de peregrinos con números y vestidos de festival de Eurovisión; la otra la de los chicos de la prensa con carritos llenos de cables y gorros. Hace frio y vamos pasando rápido dejando todo entre las grandes medidas de seguridad.

 
El escenario viste “azul Disney”, el color de los sueños sentimentales y capitalistas, enmarcado de bombos doradas como jaulas de urracas millonarias. Se colocan la cámaras y la acreditación escuchando la música del peor anuncio de la historia navideña, ya saben: laaaa-la-la-laaa. Es un clima de sueño penúltimo, como el que me quedaba de disfrutar esta madrugada, como el de Riki antes de la resaca.

El entusiasta personal va apareciendo con sonrisas: un oso, varias brujas  papanoeles de gorros estrafalarios, tiorras de grito y juerga, uno vestido de cura, otro imitándose a si mismo…

Una aparición números grabados en madera de boj se muestran insertados en parrillas, barbacoa mística del símbolo. Se muestran a los peregrinos y unos cuantos acuden con su propios números a comprobar que su felicidad está ensartada y lista para el roce con la fortuna.

Se retiran los maestros de ceremonia y los bombos se van llenando de posibilidades en rito exquisito: la realidad en bruto y la selección exclusivista de los premios en dos bombos.. Se trata de mezclarlo y darlo vueltas en el siseo erótico del juego, la alquimia de la suerte, hay un silencio respetuoso en las butacas para no interrumpir la música de las diosas del azar. Se para un instante y un aplauso llama al ánimo. El publico mira al infinito ensimismado de sus sueños y espera.

Un grupo colegial de los de antes, mixto de españoles de diferente hemisferio aparece para saludar bien educado. La inocencia preadolescente , manos sin maldad preparadas para hundirse en el fango del azar, repartir suerte haciéndose intermediarios ingenuos del Destino.

Empieza la música, ¡miiiiiil euuuuuuros! Mantra entrañable pleno de recuerdos versión posmoderna de ¡cientoveinticincomiiiiiiil peseeeeeeetaaaas! Ecos de infancias nevadas, final de cole, inicio de Navidad. Me emociona estar aquí, pienso en mi y en los míos, en mi vida,  en que el tiempo no existe.

Me interrumpe la ensoñación un premio madrugador, algarabía en las gradas. Apenas ha empezado y todo ya es euforia, la suerte procrea en clave precoz. El segundo premio sale al poco tiempo y un tío con el gorro rojo de empieza a aletear y dar el cante, parece que le ha tocado. La prensa revolotea hacia el oeste.
– «Igual es mentira», dice el guarda escéptico “yo conocía a unoque siempre se desmayaba diciendo que era su número… y luego na da na”

Retirar al hombre y el tiempo sigue su música infantil de euros y cifras. Caen premios, el gordo a tiempo, ni pronto ni tarde. Todos al borde del escenario y con la ilusión… empieza la desilusión de las caras que miran atónitos la diferencia entre el número de la pantalla y el que tienen en la mano.
 

Pasan los premios y las caras se van alargando despertándose del sueño. El señor envuelto en la bandera parece preocupado. La bruja y su amiga están deprimidas y murmuran penas. Se acaba el festival y las máscaras de comedia se hacen muecas. Van terminando las tablas de la suerte y la gente empieza a hacerse fotos y nuevas amistades. La entrevistadora buenorra y el showman de turno buscan personajes entre el publico  que estén entre el premio y el infarto, alguna historia. La mejor, una madre de un chaval fenómeno que ha dado muchos premios.

Se acaba el rito, se desmonta el escenario y salimos a la calles donde la vida soleada y fría sigue su movimiento con regularidad prusiana en el inicio de una Navidad que comienza con esta inauguración laica donde unos pocos ya están brindando con champán tras seducir al destino.

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