Comenzamos ayer el inicio de campaña y ya es 23 de julio. La vida nacional se recalentó de nuevo con los efectos colaterales del 28M. El aviso del Doctor aceleró un país entre prisas artificiales. Nuestra élite, sumos sacerdotes laicos, exige a un pueblo asarse en el calor purificador del Poder mientras comulga papeletas y le consuelan con fábulas de «infinitos» y «tierras que pertenecen al aire», haciendo ya teología política flipada.

Precisamente hace dos semanas empezamos tal que así: en los montes de la Meseta observando al filo de la medianoche desde anfiteatros al aire libre a los chicos del PSOE. Discípulos que hablan en sofismas como su adorado ZP, mismos gestos, igual tono de jesuitas decimonónicos para preparar el sumun de la liturgia iniciática: la pegada de carteles. Pero de pronto la herejía entró en el anfiteatro con gritos blasfemos que vocalizaban verdades como «justicia» y «corrupción». Era una noche preciosa de julio, el escenario estaba cerca de una plataforma mecánica recién inaugurada donde desde el Tabor se baja a la ciudad. Me fui antes que Cenicienta y ya transfigurado.

Dormí con pesadillas para el día siguiente, al alba, coger el AVE para ver con extrañeza, que en mi segundo hogar no había carteles renovados en mi calle. Velázquez, que ya había sido tomado por Mónica y Rita el 28M, había quedado huérfana de propaganda en la intersección de Hermosilla. Sentí una suerte de depre retroactiva y corrí a Serrano donde Yolanda me tranquilizaba con su sonrisa enfrente de Rolex. Se lo agradecí. Más calmado paseé hacia Alcalá considerando que los carteles, en general, son cada vez mejores. Las fotos están pensadas mejor y quitando la belleza incontestable de mi Yoli, concluí que el mejor cartel era el selfi del Doctor. Así llegué a la zona de los Doré, deslumbrado por el panel de Desokupa enfrente de la iglesia de San Nicolás, tamaño similar al de VOX en la calle Goya sobre la extinta e inolvidable cervecería de la Cruz Blanca. Pero de entre todo el marketing, el éxito más visible ha sido ver al Ausente con sus flechas, posando itinerante por la EMT. Acción audaz de los camaradas para hacer una visibilidad cuyo yugo pasaba por Génova y por Ferraz.

Aquí, precisamente, paré en su fin de campaña: Cuartel de la Montaña, vísperas de aniversario de matanzas, que fue elegido para ofrendas y discursos ante los fieles. Recé por los mártires y me fui meditando desde el Templo de Debod a la Estación del Norte. Acompañado por el silencio de luceros con camisa azul me acogió la gravedad mistérica del monumento más precioso de Madrid. Orquesta mística que se rompió al desembocar en una fiesta Barbie rosa en la Estación del Norte donde se veía a otra España que nada le importan mis reflexiones.

El calor de julio iría apretando el día siguiente para asistir a la presencia de un Feijóo resucitado de dolores de espalda «fake» que le impidieron asistir a un debate trampa. No le hizo falta usar el Voltadol Forte, teniendo el comodín de ganador de-cara-a-cara que le permitiría la victoria de las elecciones. Y ahí estaba Alberto, Puente del Rey, enfrente a la Casa de Campo en plan campeón junto a los ganadores de la capital: Isabel y José Luis. Me encanta ese rincón verde, arrasado a una antigua autopista. Entre el sonido de lo aplausos recordé el día de Pentecostés de hace unos años: estaba con un Podemos efervescente y convencido de conquistar los cielos. El Puente del Rey se hace tradición así de inauguración de alegrías que no se sabe cuando van a parar.

La temperatura se mantenía estable al día siguiente cuando otro anfiteatro, éste de nombre Tierno, albergaba a nuestra Yolanda con subidón de haber ganado a dos tíos en la tele y haber planchado la colada entera. Espacio mucho más grande que el del principio del relato que parecía prolongar la Fiesta Barbie con unos rosas más fuertes: mezcla de morados con arcoiris y tonos trans. Yolanda estaba fuerte y agotada pero no se nota porque es de temperamento hiperactivo que lo mismo te convence con un discurso Piketty de la economía como que te dibuja una estampa de hogar. Esa imagen de la plancha, superwoman, me hace declararle un amor del que hace tiempo soy incondicional pero que oculto como puedo. Le lanzo un beso desde la distancia del foro y me salí pronto, es un no parar, para ir a Colón y ver a Santi desde el trasluz de los Jardines del Descubrimiento. Santiago me parece que está triste en esta campaña y se le nota. Pero quizá lo esté yo: entre un calor que me produce astenia y las veces que hemos visto esa plaza a tope… me causan la sensación de que todo va muy rápido y perdemos la vida entre elecciones.

Entonces me digo «basta», llega el final. Por fin y por ahora, porque en un régimen de campaña perpetua no hay final. Abocados al eternoretornismo, hay que cortar para una jornada de «reflexión» de la que no hay nada que reflexionar. Guardo la cámara, me pongo en modo «vida» y camino de paseo hacia casa pensando que hoy, si Dios no lo remedia, habrá que ir a Génova.

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