En la festividad de San Francisco, desde una Meseta coloreada en oro viejo, pongo velas a una de mis chicas en su aniversario.
Es una de mis ángelas, que voló al abismo con sangre en las alas, tras revolotear su pena en hogares inventados de escenarios con danzas flipadas que buscan el amor rezando en blues.

Janis salta al infinito antes de cumplir los 30, inaugurando un década maldita que, aquí y allí, iba a culminar con la destrucción de almas más importante de la historia en el peor siglo que la humanidad ha vivido. Desapareció sola, derramando trozos de corazón con la voz quebrada de psicodelia oscura, preguntándose en su blues inmanente porqué su amor tan buscado la ha dejado tan encadenada.

Una plegaria con la rabia de las heridas barnizada por un talento tan maltratado por unos jardines nuevos donde crecieron las flores del mal, tan incubadas en las décadas prodigiosas.  Pero plegaria, al fin y al cabo, que entre el dolor y el whisky culmina en la ironía – sonrisa de los tristes – para desplegar en versos y a capella, la mejor versión de una oración de un mundo posmoderno-y-posconciliar, ya sin latines ni raíces, que, en su efervescencia se impregna de sí mismo para terminar pidiendo Mercedes Benz a un Altísimo en el que no cree.

Pero no me cabe duda que Janis oraba mejor que yo, la quiero, es una de mis debilidades y espero que esté bien donde tenga que estar. Aun así, yo siempre rezo por ella en blues y por todos los corazones desangrados que se dejaron la Vida en los túneles oscuros de los paraísos artificiales que, prometiendo trascendencia, solo desembocan en lo peor de uno mismo.

Janis Joplin, DEP

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