EL ROPERO

“Hacer el bien sin mirar a quien”. La pizarra del despacho de ingreso muestra en letras blancas toda su declaración de intenciones. Un Cristo de Dalí, posado en el mostrador, bendice los botones sueltos en una caja. A su izquierda, en el pasillo de entrada, una fila de personas de razas dispares que espera su turno. Cada uno lleva la tarjeta del día. Hoy es miércoles y corresponde mostrar la verde. Sé que la cámara de fotos intimida y, tras pedir permiso y explicar mi proyecto me apresuro a explicar que nadie va a salir publicado si no quiere. Se tranquilizan, es normal, hay un rubor que no quiere ser mostrado en un ropero de caridad.

Sin embargo, es una española del otro lado del hemisferio, marchosa y de sonrisa amplia, la que rompe el guión: hazme una foto, mi amor, dice, declarándose en son Dominicano para posar abrazada a la voluntaria amiga que me ha traído hasta aquí. Doña Inés se hace así, en un movimiento de cumbia, la reina del mambo y de la mañana, vistiendo su espontaneidad con un abrigo de Diva que apresura a ponerse. Prenda que luce coqueta frente un espejo ante la mirada aprobatoria del resto de activistas de lo humano y lo divino que la hacen corro.

Hoy tenemos a cinco ángelas para gestionar el ropero de la sede de la asociación Madreselva en Salamanca. Me he puesto una bata y me confundo así entre el ejército de féminas dirigidos por una monja que se mueve como un ejecutivo multinacional entre papeles y consejos. Es ésta una mujer menuda, ágil y eficiente; licenciada en educación física y que porta un chubasquero Adidas de olimpiada siglo XX. Vocación forjada en una santidad de roperos, de hecho dirigió ella sola uno en Miami y Madrid y su experiencia da al equipo un carácter de organización y mando. A mi no me hagas fotos, dice, al explicarme en el ordenador, con folios excel los números que forman el sistema diario de reparto. Archivos escrupulosos con listas de apellidos, organización de días, división de ropa y comidas, regalos para niños de diferentes edades e incluso fiestas de Navidad. En su vorágine de papeleo la interrumpe una llamada al móvil y desaparece ejecutiva entre salas. Mientras tanto, la gente sigue pasando a turno y Doña Inés se sigue probando abrigos mientras curiosea por la sala  de tallas grandes.

El orden del material de ropas albergado es impecable, desde edades, tallas, sexos, incluso de lujo. En un armario vemos desde trajes de bodas hasta bolsos de fiesta sin estrenar. Toda la cadena logística, comenzada desde las bolsas de donaciones hasta su posterior distribución, se hace con celeridad por las voluntarias. Todas están uniformadas y cambian diariamente en turnos en un local que rezuma orden, limpieza y dignidad. Teresa, mi contacto, está en una habitación aparte, encargada de la gestión del almacén para realizar labor de colocación y selección de prendas.

“Esto es un mercado como el Corte Inglés, lo que pasa es que allí no puedo ir porque piensan que voy a robar y me echan nada más entrar”. Lo explica un hombre con acento del este, riendo desdentado su comentario mientras pide camisetas y calzoncillos. No le importa que le hagan fotos, y se va probando zapatos buscando tallas. El rostro penetrante de San Juan Bosco en busto parece controlarlo todo e incluso reirle las gracias al chico. El santo aquí representa una presencia de Dios que no se oculta en cada pared o rincón. Desde que se entra hasta que se sale hay una mención a la santidad del Misterio.Tras el gran perchero donde cuelgan americanas para hombre y mujer, la Virgen observa tímida mientras el niño abre los brazos animando a coger sin problema alguno.  A la salida, el Belén infantil, realiza una última bendición cotidiana hacia las más de medio centenar de personas que, aproximadamente, pasan cada día ante sus ojos. La mayoría extranjeras, a juzgar por el listado, encabezando las mujeres musulmanas con sus críos hiperactivos y pañuelo identitario, indigentes de tedio y olor a calle, presidiarios en permiso y nacionales que ocultan el rostro bajo la gorra. Todos vienen a vestirse desde las donaciones de un pueblo viejo con excedente de armarios que se vacían ampliamente.

Es víspera de días de Navidad en una mañana quizá más concurrida que en el resto del año. Ya es hora de cerrar por hoy. Entonces la milicia católica de voluntarias se quita las batas angélicas descubriéndose a ellas mismas en el mundo como lo que son, amas de casa que van a sus labores.

Afuera, en el mundo llueve. Salimos a una calle corta y de color de piedra parda que se hace más oscura por el frío de Diciembre. Me coloco en frente de la puerta para inmortalizar la fachada del, antiguo palacio señorial que alberga la sede de la asociación. A mi espalda la casa de enfrente, llamada “casa del cura”, alberga un sacerdote en persianas bajadas. Me fijo en el grafiti verde de una pintada árabe en su costado que nos intimida zigzagueante mientras bajamos hacia la Gran Vía.

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