Caía la noche en Madrid regando un frescor helado, invasor de todo un día de Noviembre. Caminamos por Goya, entretenida de tiendas, velocidades y Nebraskas, hasta la parroquia blanquísima, Iglesia de La Concepción, con su reflejo de torres en espejos oblicuos.

 Suelo frecuentar la misa del último atardecer tardío, pero los martes hago una excepción para celebrar la liturgia en rito hispano-mozárabe, muy de agradecer en estos tiempos vulgarizados de guitarra asamblearia. Además, ayer era un día especial, al recibir a un ángel barbudo de visita en Sodoma. Este último viene desde el origen de la civilización, tierra de conversión y desierto de martirios hoy. Se llama Gregorio III Laham y es el Patriarca de la iglesia Greco-Católica Melquita. Se ha acercado a rezar con nosotros por los Cristianos en Siria, en su paso para presentar el demoledor “informe de la libertad religiosa en el mundo” realizado por Ayuda a la Iglesia Necesitada.

 Se le espera atentamente, desde un templo abarrotado por la España invisible, no mediática, la que ora-canta-y-lucha que se acerca a media tarde para buscar esperanza.

 

El Patriarca tiene un carisma comunicador y risueño que vuela  entre el francés y un italiano traducido por el párroco, aunque su ingenio llega , entre sonrisas, décimas unas antes al auditorio. Relata que hay miles de grupos yihadistas en el mundo, eterna barbarie exterminadora, a la que él y los suyos desafían procesionando el icono de la Señora por las calles de Damasco. Advierte, en este martes de hielo, que ya han muerto 2000 cristianos y que la plaga no está lejos, que  están ahí, a las fronteras de nuestro mundo autista.

 Bien está que vengan sujetos así, ángeles mensajeros a comunicar que nuestras defensas están podridas y el invasor exige sangre. No es el primero, ya lo sabemos: desde África voló un misionero agonizante, portador en su sangre del testigo de la injusticia, para morir en casa ante el desprecio de muchos de su pueblo. Trajeron tarde, a una monja con nombre de virtud, a la que no se la requirió cuando ella lo necesitaba, sólo cuando pudo servir a desagradecidos y a la que, por supuesto, no se ha dado ni las gracias. Este es el último caso: un clérigo alegre y lúcido que viene de la primera línea de las barricadas.

 
Pero es martes en Sodoma, jornada de superchampions y nada de esto es mediático, naturalmente, casi nos pilla la hora del partido y el personal está a lo suyo sin oídos para los ángeles que llegan gritando a Sodoma.

 

Pero también, lo remarco, el templo estaba lleno, ya ven, y sonaron nuevas, lenguas antiquísimas – esas que llaman muertas y son las únicas vivas porque sus palabras contienen significados inalterables – mientras, “pro-multis” mirábamos  todos “ad orientem”. Así coreamos amenes entre inciensos de un “Pater Noster” inalterable, para terminar escuchando su versión original de tonos arameos con que el Maestro dialogaba en su música directa con el Padre.

 

 Y en una hora, como pasa el tiempo a veces, el infinito se concentró en un espacio de la calle Goya para dar aire nuevo, soplar calor de entraña para poder salir con fuerza a las calles heladas de noviembres oscuros.

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