Escribo acunado por vagones de alta velocidad. Tratando de ralentizar el tiempo tras estos fines de semana donde la vida se desangra a golpe de emociones.

Es necesario buscar un tiempo muerto en un sagrado lunes de parón y rutina para que frene la efervescencia vivida en el gran teatro Madriles, esa plataforma hispana que destila la gloria y tragedia nacional.

VIERNES – CIERRE DE CAMPAÑA

El final del drama comenzó un viernes de cierre electoral. Al caer la tarde las banderas ondeaban sus último eslóganes y los partidos ultimaban su escenificación de la victoria. Desde el Intercontinental a la Casa de América, Cibeles y Neptunos expectantes y cercados, camino hacia Atocha me esperaba el Reina Sofía entre senderos luminosos de globos púrpuras.


«Podemos» llenaba una plaza entusiasta de izquierda pura y dura. Un movimiento pensado en Complutense, crecido en calles y organizado en círculos cada vez más numerosos y concéntricos. Juan Carlos Monedero, entre Alemania y Venezuela, desde el fondo de su memoria sin vengar, declina un amor hegeliano de sermón de montaña sin dioses para que Jiménez Villarejo y compañía cuadren el toro a Pablo Iglesias. Joven de voz modulada y rabia, se define políticamente en el nombre y el ADN, es decir, aristocracia inversa de la sangre y la genealogía, para hipnotizar a convencidos ante la mirada de su madre que, por supuesto está a su izquierda.


Están preparados y lo saben, ellos y el resto que les acompaña. Con recuerdo referencial a Anguita y su programa-programa, la extrema izquierda ya está en escena para jugar y dejarse ver en algo que será ruidoso y solo el principio. Al tiempo. Han interpretado el desencanto de un millón largo dando un discurso global más allá de la crisis y de la memoria. Dialéctica tejida con precisión y contada con historias que pululan entre el cuenta-cuentos y las parábolas. Hay cosas que se ven venir y un silencio de trance rodea las cercanías del Reina Sofía para que rujan el «No pasarán» y «el pueblo unido jamás será vencido» mientras se invoca al Guernica que, a escasos metros, descansa como un arca de la alianza.


Llega las 12 y el silencio de la reflexión se hace neto mientras voy a cerrar el Museo último de Madrid, el del Jamón.


SÁBADO – HÉROES Y DIOSAS


Y así amanece un sábado de reflexión futbolera, las verdaderas elecciones del pueblo en base a un partido y dos cosmovisiones. Desde «el orden y el talento» valdanista se va a jugar un partido casi eterno. Es en Lisboa, capital de España, donde se estrena Madrid como capital de la única Europa que nos pertenece. La vida se formatea en el deporte y se hace lágrima en las postrimerías del tiempo, en esos minutos mágicos de los descuentos donde los santos y plegarias languidecen para dar paso al depredador instinto histórico del Madrid. La bestia blanca. Es más fácil vivir desde lo permanente, desde el convencimiento de que el triunfo te pertenece. Lo siento por el Atleti, por los eternos aprendices del ganar, la vida es mas futbol que el ajedrez, por cruel.


La Cibeles sonríe engalanada y brilla ante un trovador moderno llamado DJ que grita euforias a las riadas que invaden la plaza. Desde Gran Vía, Alcalá, Castellana, las marchas dignas, blancas y populares llegan a esperar a los dioses de oro desde el Olimpo portugués, antesala de la eternidad. Se baila entre olor a yerba con ritmos latinos hasta que la cabalgata de mitología llega de madrugada a adorar a su diosa.


Madrid vuelve a reconvertirse en mundo antiguo de dioses adorados y héroes encarnados. La madrugada arde entre cláxones de victoria y sirenas que anuncian infartos mientras mis vecinas gritan a las calles buscando una respuesta a sus delirios.


DOMINGO EN BLUES – NO ME RINDO


Era un domingo matinal y soso de urnas ignoradas. Con presagios de tormentas y tiempo cambiante. Combato el bochorno interior corriendo desde la iglesia de la Concepción al ángel Caído deambulando entre paseantes domingueros con bebé. Los colegios gotean votantes deprimidos y se va haciendo la tarde para prolongar la alegría del Bernabéu con delirio de euforia. Me compran una bufanda que visto en el metro mientras una constelación de estrellas se concentra en el espacio.


Salimos y se hace la noche neta. Algo pasa. Nada en Colón, menos en Génova, el sunday blues en estado puro sucumbe y se nos cae encima. Hay gestos serios al llegar al hotel, dudas, veremos, no sé…. Se sube el volumen a las 11 y se hace el silencio. Primer aplauso ante la pérdida popular y a partir de ahí van pasando siglas mientras el personal dilata pupilas para no ver nada, doscientos y pico mil, nada, no llegamos. Nada. Nadie entiende, es imposible, ¿qué pasa? Prohombres invaden el escenario con la promesa de no rendirse, de seguir luchando… y aprendiendo.


Entre el inmenso vacío de las calles céntricas solo los restaurantes y las posadas angélicas están llenos de gente guapa.

La vida sigue.

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