Es un sol de septiembre dominguero, de inicio de cole, todavía caluroso pero ya mas tímido que el de los meses pasados. La brisa que no hemos disfrutado en estos tiempos se hace fuerte en un inmenso recinto que nos recibe banderas al viento creando una aureola cosmopolita de espacios ventilados. No sabemos exactamente donde es el evento hasta que nos decidimos seguir a un par de chicas risueñas con modelito de fiesta y figura esbelta que, en complicidad, se apresuran con sus bolsas de marca hacia el pabellón 14.

La entrada al recinto es inconfundible: una algarabía de gente maquillada entra y sale sosteniendo bolsas con Nombres. Predominan grupos de chavalas adolescentes que hablan con entusiasmo gesticulando en exceso, hay fotógrafos con acento italiano, señoras con acento nasal, y tipos con barbita y pantalones de colores que ríen con estridencia.

Nos ofrecen periódicos a selección y tras pasar los controles subimos hacia el piso superior. El ambiente se inunda de perfumes, las sonrisas se vuelven mas simétricas, los cuerpos se estilizan hasta lo imposible mientras la iluminación baja para dejar paso a la luz de las pantallas gigantes y los flashes.

Una feria, eso es lo que parece y de hecho es lo que es. El mercado de las grandes marcas se retuerce de glamour en un espacio donde la música atruena. Las adolescentes se hacen fotos en los puestos mas carismáticos posando, saltando en colchonetas, tratando de sonreír como sus ídolos; otras ocupan cola al lado de un gran bar donde las 5 estrellas marcan la tendencia. Esta cola desemboca en la entrada de un búnker que custodia una vía, un camino hacia Oz que mide apenas unos metros y configura el principio y el fin de este universo: la mítica pasarela.

Las gradas aplauden entre perfumes y flashes, los rostros del personal se pulen a base de contraluces mientras observan a unas mujeres con siluetas gráciles, gesto duro y anémico de belleza inasequible sostenidas por cinturas que producen un homenaje a la fragilidad.

Todas miran a las cámaras, saben donde están y a quien pertenecen, el ojo del objetivo es el amo en estos palacios. Mi nueva Canon se estrena con una colección de miradas con intención. El desfile acaba, la diseñadora sale a escena para sonreír  tímida y deprisa y llevarse un conjunto de aplausos.

La sala se desaloja por los miembros de seguridad y las ‘celebritis’ de turno conceden entrevistas, pendientes de cada cámara que se acerca a sus regazos. De pronto una famosa con traje de cebra se aparece en silla de ruedas. La porta un tipo trajeado que murmura cada poco al oído de la diosa rubia hasta colocarla en un podium delante de un cartel con las letras YO. El ego rubio diserta con acento de Serrano sobre los heneficios del lujo, el glamour y la seducción, afirma que los que cortan el bacalao en LosMadriles actualmente son los chinos, que todos son maravillosos y la conocen por la calle pidiéndola permiso para ir a Zara. Explica el confort que se produce al recibir una copa de sssschampannnn en esas tiendas tan divinas de la Corte. La dejo filosofando para pedir un botellín de birra entre sillas de cristal.

Degusto la pinta embotellada abriéndome paso entre ramalazos de Chanel y DKNY que me traen recuerdos y rostros, no tan simétricos como los que me rodean pero mas expresivos, mas humanos. Pienso que estoy en una factoría de diosas, de ‘tendencias’ dicen los entendidos: tendencias de ropa y de modelos de mujer, una factoría irreal-e-ideal de lo que la belleza debe ser. Estoy en el olimpo moderno donde se manufacturan los mitos de temporada que guiarán al personal de estación en estación.

Apuro mi birra y me dispongo a filmar el recorrido ajustando el zoom al ambiente.

 

 

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