Se trata de dejar quemar la historia. Sin tan ni siquiera recogerla, empaquetarla y colocarla en dignos estantes del laboratorio de la memoria. No. El exorcismo se fragua entre el óxido del olvido, tan memorizado, o las cenizas que deja el odio, tan alentado. Juntos, obran en el aquelarre que siempre termina violando a la víctima para dejarla tirada en cerros humillados mientras el viento ruge de pena en los eneros.

Hay generaciones que se sienten entrelazadas en el telar de la Historia, sea un paño, mantel, estampado de punto de cruz o encaje de bolillos. Pero hay otras que no: biografías más bien deshilachadas, reclaman para sí el derecho de hacer su propio telar, no siguiendo hilando el anterior, sino deshaciendo el conjunto.
Los primeros luchan para descubrirse en el hogar preexistente vital, aquel que les ha visto nacer y, bien o mal, les ha traído hasta aquí. Así corren a avivar el fuego que les ha calentado, desde el que en las noches largas de invierno escuchan la entraña chisporrotear en chimeneas, animando a otros hermanos nuevos a escucharla juntos. Los segundos, que ya han nacido helados y sin referentes de hogar, desean volver a crear el fuego, como los primeros hombres, a golpes de piedra.
En su delirio se creen que han nacido ayer y que han inventado el fuego. Incluso juegan con él. A diferencia de los descubridores, verdaderos hombres primeros que no dejaban apagar la llama para proteger a la tribu, estos superhombres del ahora, solo saben calentarse quemando.

Quemándonos.

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