Y así, como quien no quiere la cosa, amanecimos en junio. Cada vez más rápido, el tiempo se cuela entre la espalda y el corazón empujando, sin apenas advertirlo, para colonizar un futuro que se queda de nuevo sin ser pensado. 

Ayer fue Semana Santa y cuando nos demos cuenta será Navidad. Este carrusel loco se para un poquito por el tema del calor. La única ventaja de este fenómeno es que tiene la virtud de dilatar el tiempo. Desde esas tórridas tardes de calorina y ventilación, de amor exhausto, nos vemos reflejados por la mirada de la amante puntual o fiel. Tal reflejo, desde luego no sucede en los inviernos de edredón y cucharita, pues el calor tiende a una distancia de presencias empapadas donde uno no puede evitar el placer lúcido de la mirada del otro.

Si, empieza un junio, que no será propiamente tal hasta el 40 de mayo, por lo del sayo y tal, prenda que todavía no sé cómo es pero suena elegante. El sayo envuelve un resto de mayo depredador que nos acorta el calendario, aunque ya nos encargamos nosotros de prolongar en fechas señaladas con celebraciones con su novenario al cubo. 

Mi tiempo en junio adquiere la firma oficial de cumpleaños. Fecha falsa por definición porque si hay que celebrar una fecha en el tiempo, habría que celebrar el día de la Concepción, momento de inicio de la vida en su radicalidad, más allá de la anecdótica puesta de largo en el valle de lágrimas. Es igual, no estoy para metafísicas y en todo caso lo festejaremos como siempre, con exceso y creces. 

No aspiro a parar el tiempo. Con intentar torear al destino ya tengo bastante. Eso es el llamado «sentimiento trágico de la vida». Pues eso, bienvenidos a junio.

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