Rocco, Tancredi, Delon, el hombre Alain anunció esta semana que se quiere morir. Lo sentimos. Nos deja un imaginario de arte en sus personajes de una genética tipo «Martini on the rocks» que destila facciones de carisma. Un tipo guapo, a juzgar por amigas a las que gustan los hombres del estilo Tony Curtis, con una vitalidad de carácter de los 60.

A mí, personalmente, me interesa lo que hizo en Italia representando a Rocco cuidando de su familia y a un príncipe genial que representa el «cambio para que todo siga igual» cuidando de su apellido. En lo personal tuvimos conocimiento de sus correrías con el boxeador Monzón, haciendo de embajador en Europa, y los traumas de sus hijos, especialmente con Anthony. Vidas ajetreadas, de farándula, en fin. 

Pero sentimos esta noticia mucho, como sentimos pena y cariño con los suicidas de cualquier tipo. Esta modalidad se llama «muerte digna», pero es igual que la sordidez de la muerte de ahorcado del puente, pues entra los mismos conceptos espirituales.

Tenemos una gran simpatía a los suicidas como narré en mi primera novela «Pasión»: un alter ego al que tuve el honor de prestar mi voz. Me costó la escena vital porque, en el fondo, no la entendía. Mi amigo Roge dijo que el suicidio estaba bien para explicar lo que yo quería decir pero en sí no era «físicamente creíble». Estuvimos de acuerdo porque yo no soy capaz de entender el suicidio aunque sí a los suicidas. No puedo entender que en un juego tan duro como la vida, que siempre, siempre, termina en algo como la muerte, la gente quiera acelerar el proceso. Por mucha pena, por mucho dolor, por tanta angustia…uno sabe que al final cae, punto. Entonces ¿cómo es posible acelerar lo que en todo caso va a pasar? En mi mentalidad no cabe en la cabeza excepto en caso de depresión profunda. Y eso es digno de lástima en todo caso. Palabras mayores que me hacen empatizar con un sujeto que se ha contado así mismo mal la vida. Y eso es fácil que pase, se crean cosas del todo absurdas que destruyan este misterio vital.

Lo más triste es que desde fuera se dé un silencio minutado a algo tan terrible sin entender el infierno interior del que hace tal cosa. Lo siento al infinito y no duden que rezaré por Alain Delon como rezo por mis suicidas: el doble.

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