Se acaba el estado de alarma y parece que fue ayer cuando se puso en práctica. El tiempo, truhán y cabroncete, corre mucho, demasiado. Pero como siempre digo: aunque vida se hace cada vez más corta, pasan cada vez más cosas que nos absorben en trance inadvertido del drama. Se acaba el estado de alarma y tengo la impresión de no haberlo aprovechado bien, disfrutado mejor.

Porque, echando la vista atrás, me doy cuenta de que este último año, desde el 2 de marzo de 2020 to be precised, he vivido una realidad paralela y surrealista donde el Estado y sus alarmas, a mi no me han influenciado lo más mínimo. Miento. Sí, es cierto que me han estropeado muchos vermús, seamos honestos. En particular y más relevante con la Rubia, mi alma gemela en la Meseta. Menos mal que apuramos el último cuplé en aquel Enero donde llorábamos la pérdida de un Penicilino que sería vanguardia al cierre de otros tantos. Aquel día no supimos que era el último vermú en época prepandemia. En procesión de luto, hicimos un vals fotográfico por las piedras de un Valladolid antiguo con taconeo de sus zapatitos azules y aire de melena rubia con corte propio. Éramos felices en nuestra romería de desconsuelo, ignorantes de una ausencia que duraría más de un año. La sobrellevamos como pudimos -nos hubiéramos muerto si lo hubiéramos sospechado entonces. El destino nos cuidó, dándonos fortuna en ambas loterías de Navidad. Reinvertimos reintegros y a día de hoy ya tengo hasta un maletín preparado con las ganancias para el reencuentro próximo. Ese dará para un vermú de una semana, por lo menos. Todos los santos tienen novena.

En fin, pero aparte de eso, como digo, mi vida no ha sido afectada por la histeria del estado, más bien al contrario. He aprovechado para publicar mi primer libro de una trilogía, oportunamente para evitar ser presentado y he escrito otro que,  este sí será presentado en Navidad si Dios quiere. Entre medias he viajado como lo hubiera hecho siempre, por territorio nacional de vías y asfalto sin peajes. Todo ello sin toparme con ningún control, por cierto. Mecanismo que ya veo como más como un mito que una realidad. Hemos ido de vacaciones como siempre, a misa cada domingo, de una forma u otra y entre medias he hecho méritos para aspirar a eso tan difícil como es la salvación del alma. 

El Estado y sus alarmas me han roto algún vermú pero sin mayor incidencia para nosotros, ácratas reaccionarios que no pertenecemos a Estado alguno. Ahora, sin embargo, en esta tarde de lluvia me entra la nostalgia. Debe de ser la lluvia, el paso del tiempo tan veloz, las ausencias…que son la mayor de las presencias. España y yo, es que somos así, de lágrima fácil y oculta, de corazón caliente y encerrado. En todo caso, a nuestro rollo siempre. En fin. 

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