La mejor definición salió de su entorno: «con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona… ni a la puerta». 

Diego, hijo de Don Diego y Doña Tota, bonaerense de familia numerosa, cruzó una vida demasiado rápida que, despegando en la humildad de Villa Fiorito, se estrella de ansiedad y gloria para descansar en el limbo salvaje donde residen los mitos. Un viaje trepidante de 60 años al que Diego le condujo su mayor creación: Maradona. Un Diego Armando que no puede entenderse sin Maradona, como éste no podría haber hecho nada sin Diego. Ambos se necesitaban para gestionar, crear y aguantar este proyecto brutal llamado «vida». Proyecto que se explica, como a todas las vidas, desde el comienzo de «historia de dos ciudades»: esa mezcla furiosa que une al «mejor y peor de los tiempos». 

Diego vivió lo mejor, para sí mismo y para los demás, en ese matiz vital que se desarrolla en un campo de fútbol, sucumbiendo más allá de esos límites. Una vida permanente que, bajo los focos y la atención constante, se sublimaba en ese intervalo de casi dos horas que constituye un partido. «Le dabas un pase mal y te devolvía la pared bien, para mí eso es lo máximo que se puede decir de un compañero», confesaba hace mucho tiempo nada menos que el Lobo Carrasco al preguntarle sobre Diego. Definición inteligentísima que define que el futbolista, no solo vale para hacer un brillo individual dentro de un equipo, sino que el grande, el capitán, el Genio, es aquel que hace funcionar a una escuadra desde el portero hasta el punta. Y ese es Diego Armando Maradona. En fin, perdoname pibe, sujeto que no era más que un tipo casi enano, con tendencia preocupante a engordar y que sólo la daba con la izquierda… pero que, no tiene sólo el mérito de hacer cosas geniales, sino que hace que toda una banda parezcan los mejores del mundo. Porque no nos engañemos, ni el Nápoles ni su selección hubieran hecho absolutamente nada sin la estampa del pelusa. 

Y ese es el secreto. Fue sólo en ese espacio mágico de la «cancha» donde se unieron en sagrado matrimonio «Diego» con «Maradona». La química del talento natural junto con su construcción mental, se hace propicia en un juego que acoge sin problemas a ambos espíritus. Porque el fútbol es el deporte más parecido a la vida: se empieza jugando en las calles, todo el mundo cree que puede hacerlo bien, ofrece una «ilusión de sabiduría» que hace que todo el mundo tenga autoridad de opinión, es sucio, muy injusto, propicio «para listos» como dijera el sabio de Hortaleza, y desarrolla unas emociones primarias para todos desde una belleza que, en el conjunto del juego, no dura ni una mínima parte. Un juego raro e inexplicable en su simpleza que nos deja a espíritus como este tipo desarrollando unas emociones que no serán fáciles de olvidar. 

Por de pronto, me veo de pie frente al televisor en un verano del 86 observando algo inédito: junto al mejor gol visto nunca, se une un fraude vergonzoso;  de la carrera «gambeteada» del medio del campo de un superdotado, hasta la «mano de dios» de un sinvergüenza. 

La grandeza es que, a día de hoy, todavía no sé cuál de los dos goles es el más feliz me hace. Ambos despliegan una limpieza absoluta, eso es el Arte.

Diego Armando Maradona, uno de los nuestros, DEP. 

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