QUE NO SE ROMPA LA NOCHE

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Lo llaman el «ocio nocturno» y tipos vestido de negro hacen un paseo de luto por la plaza mayor con carteles de pésame. Me los encontré en Valladolid el jueves a la hora del Ángelus, en inicio de un finde prematuro donde ya se cierran los bares a las doce. Esto, que en sí resulta extraño, resulta triste para mi generación: aquella que empezó a conquistar la noche en masa. Es cierto que esos pioneros, ya se recogen pronto para el sobre y quizá no nos afecta tanto porque ya hicimos de esa noche, leyenda. Aún así con el cierre de la noche se cierra gran parte de nuestra juventud. 

La colonización de la noche española viene de lejos, diríamos que del último tercio del siglo pasado cuando, los baluartes del babyboom desarrollista comenzamos a salir en masa. Una noche española que ya estaba, por supuesto, explorada desde hace mucho más tiempo, pues en estas tierras en que el tiempo se dilata, se vive en horario ampliada comparado con los nortes del planeta. Pero una cosa es la exploración y otra cosa la colonización de las tinieblas de neón que se empezó a con el desarrollo de los bares de copas, discotecas y todo ese circo alegre que define todo un estilo de vida.

Yo empecé a salir tarde, mayormente porque siempre he estado a gusto en casa, con muchos amigos con quienes prolongué al máximo los juegos de mesa, juegos del ordenador, como niños buenos que éramos … Así la calle nocturna pudo esperar su tiempo y su mundo entrañable fue vivido en plenitud en Islas y penínsulas hasta sublimarla bajo una cámara y una libreta permanente. Sin embargo mi noche local e iniciática llegó a su tiempo en época de bachiller llegando a su gloria en toda la universidad. 

Comentaba hace años a mis amigos Anglos que en España yo quedaba a las 10, cenábamos a las 11 y después íbamos de fiesta hasta «las tantas», medida de tiempo indefinido que terminaba con las primeras luces. Viernes y sábado regularmente, pues el domingo es de vermut. La noche de finde se poblaba así con diferentes épocas de compadres o de novias, mucho mejor esta segunda opción por lo que tiene de margen creativo. Con estas últimas íbamos a pinchar y de raciones mientras que con los amigos se iba «a muerte», idea cuya explicación agotaría el articulo. Dos vías alternativas pues con las que podría escribir la crónica de mi juventud preinternacional. Porque después llegaron las Romas, Irlandas…en fin, el cambio de agujas donde la noche se hizo doméstica de fiesta en casa o pub, que no es otra cosa que «casa pública», pero sin el movimiento spanish.

Yo hace mucho que no salgo con esos horarios intrépidos de la noche porque la madurez me ha devuelto al «vermut» de sobremesa. Pero cuando vi a los tipos de luto con un cartel negro protestando por el fin del «ocio nocturno»,  me entró congoja. Porque mi noche en Valladolid, la iniciática, se desarrolla en muchos planos y en todas las zonas. Creo que he estado en todos los sitios y si estas zonas se precintan, de alguna forma se clausura una época, una vida y una generación. 

Estamos en una época que llaman Nueva Normalidad y ya vemos que la noche va a ser víctima protagonista. Con su extinción nos van a llevar al norte: a la cama a las 10 y a vivir de pasatiempos, saludables y en busca de sentido. Será el primer paso para acabar con los bares y terminar de arrinconarnos a sobrevivir entre nichos. Jugando al palé y viendo la serie de turno mientras nos chutamos con el insufrible discurso de lo cotidiano.