UN DÍA SINGULAR

Se despertó fresca, ágil y temprano. Todo un contraste con la pesadez de la noche anterior. Llevaba sintiendo desde hace unos días una sensación de angustia, una opresión en el pecho que desde luego no era físico, sino de una fuente más espiritual. Llevaba sintiendo esto desde hace mucho tiempo, reconoció sin querer recordar su origen. De ahí la sorpresa esta mañana al despertar en madrugada. Sorpresa pactada, pues la esperanza de una madrugada sin pena ni pensamientos destructivos ni temores con fundamento, merecía su llegada en un día como hoy.

Y llegó… claro, que llegó.

La sorprendió escuchar de nuevo el canto de los pájaros, tan rítmicos y sedantes cuyas notas plateadas hacían juego con el tono azul frágil del alba. Disfrutó de esa dualidad cromática que regresaba a decorar su alma, tan desangelada tras largos años en que, secuestrados los colores por el olvido, se habían integrado en la memoria para pugnar por su renacimiento. 

Cerró los ojos para disfrutarlo aún más, e intentó no moverse en una quietud que transmutase el tiempo al momento. Respiró con una pausa aún mayor mientras la sonata de los pájaros en su dicha empezaban a picotear el día a modo del poeta. Se concentró aún más en la obra sinfónica de las aves intentando apoyar con todo su corazón la gesta de creación del día. Un día inédito que merecía ser vivido: un sábado bisiesto y nublado donde, por fin, podría celebrar formalmente su nacimiento. Pasaba cada cuatro años y venía a ser como un oasis, una expansión del tiempo y del espacio al que se corona con papel de regalo que rompe el sepia del calendario para convertirse en brillo excepcional. Un 2 y un 9 en el segundo mes del año, no sólo hacen engordar el almanaque sino encajar al cosmos en su ruta regular para definir al selecto grupo de las diosas nacidas a destiempo. Porque eso era lo que sentía, una diosa y el haber nacido a destiempo. Obviada por un desdén biográfico abanderado por la dictadura mundana de un primero de marzo que la humillaba desde el silencio. Pero no, este era su día especial, la jornada  en que el calendario renovaba el pacto del tiempo para recordar su condición mortal y su pertenencia obligatoria a los registros notariales del mundo, valga la redundancia.

Sonrió enterrándose bajo las sábanas y  se felicitó a sí misma por su inmortal mortalidad.