COHEN IN EXCELSIS

Oigo un bip en la madrugada para interrumpir de un temblor mis sueños desde el movimiento móvil. A mi izquierda, se mueve al compás, voluptuosa, la niebla por la ventana. Mi alcoba parpadea intermitente iluminando un mensa. Abro y la ráfaga del teléfono me ciega: es Jackie y su corazón púrpura, roja por dentro, negra por fuera. Mi ángel ateo suspira desde nuestra isla para declinar que Cohen ha muerto. Sorry, so sorry. Esboza lagrimillas, vaya semana dearest, pienso, entre lo de Trump y esto la van a matar, hija. I’m fed up, really, sentencia caprichosa. Dejo el móvil y recojo el rosario, siempre al lado, guardián de comunicación más arriba. Me enderezó en el lecho sutil, sin molestar, y empiezo a recordar desde la música de niebla entre el Fiat Voluntas Tua y el “there’s a crack in everything, that’s how the light gets in”.

9 años antes en otra vida…

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Tuve el placer de ver a Mr Cohen en un concierto que dio en Dublín en el año 2007; invitado por una amiga de la época, una belleza de la isla muy rubia, alta y sonriente que tuvo el acierto de regalarme una entrada para celebrar mi cumpleaños. Nuestra amistad no duró mucho, indeed, pero pasará a mi historia personal como portadora de  uno de los mejores regalos que me han hecho nunca.

El evento era en el Hospital de St James, un edificio imponente que actualmente da acogida al museo de arte contemporáneo de la ciudad. La temperatura era alta para la isla y el sol había dejado su existencialismo a un lado para unirse a la fiesta. Una audiencia de generaciones mezcladas y sedientas, hacía cola para beber pintas en vaso de plástico en las horas previas entre las múltiples casetas. Era este concierto el fin del tour, como así lo mostraban las diferentes camisetas que los más fieles portaban. Un tour exigente para un hombre de 74 años que venía a Dublín tras recorrer el mundo.

Apuramos la pinta, buscamos nuestro asiento, muy cercano a la escena, y me acerqué a hacer fotos del ambiente como siempre hago. El escenario estaba preparado con todos los instrumentos: piano, órganos, guitarras, bandurrias… y  los laterales  estaban adornados con preciosas flores de girasol de un amarillo en llamas contrastado por velas blancas. La gente empezaba a ocupar su localidad y los músicos, vestidos impecablemente con traje a rayas y sombrero de hombre-de-los-de-antes, afinaban sus instrumentos. Si la audiencia era una mezcla generacional, lo mismo habría que decir de los músicos, con un trasiego de veteranos y jóvenes.

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La iluminación se preparó para imponer un silencio que amparaba la entrada de seis músicos y tres coristas féminas: rubia en el centro flanqueada por una morena con sombrero y por la impresionante belleza madura y ébano de Sharon Robinson.

Los aplausos se fusionan con el boceto de unos acordes conocidos y una garganta rota, pulida por la vida, nos empieza a guiar en una danza “to the end of love”. La voz se hace presente vestida de traje cruzado gris, sombrero a juego y se esboza a través de una sonrisa tímida que pertenece a un poeta anciano y con clase. El mundo se resume en ese escenario mientras la voz, como “a bird on a wire” expone que “el amor no tiene cura” no sin antes resaltar con lucidez que “the future is murder”, para sellarlo con un Hallelujah!

Con entrega incondicional la nostalgia se hace presente al recordar las memorias de “Suzanne” y los acordes se hacen verticales en clave de himno al recordar “esas grietas todo habitan para así permitir entrar la luz”.

Cohen es un poeta, lo hemos dicho, que utiliza un sentido del humor calificado como Jewish, judío, que yo definiría como irónico pero con bondad. Sus cuerdas vocales, cosidas por las cicatrices de la experiencia y bañadas en mares de alcohol, no muestran ninguna diferencia entre las grabaciones de estudio y los conciertos en directo.

Aparte de sus cualidades artísticas, este hombre es generoso, generoso con ese equipo de nueve músicos que le rodean, así, presenta a cada miembro y disfruta de los solos que sus artistas hacen, quitándose el sombrero con reverencia y admiración.

El concierto va llegando a su fin y Sharon Robinson deja su puesto para que, cara a cara, corazón con corazón, con el maestro entonen bajo la luna el dueto “Boggie Street”.

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Y es que el sol desapareció hace rato para dejar que la luna presida este finale, está fusión de música y poesía que ha acogido a varias generaciones en la capital de Irlanda.

Si, Mr Cohen, “you are still our man”

Leonardz Cohen RIP

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