Sol en Madrid, día de Europa y buen momento para recordar a Don Gustavo Bueno en sus ensayos de filosofía de la historia patria. Viene a decir el maestro que todo lo que ha hecho Europa es a costa de España y viceversa. Y no podemos estar más de acuerdo, sobre todo desde esta Europa inventada en un mayo que “mayea” en jornada que da pie al inicio de un nuevo certamen electoral.

Esta conmemoración, que viene de los 50 del siglo pasado, entre una devastación controlada, trataba de fundir, desde el punto de vista de vencedores y vencidos, el boceto de un artefacto hecho a su medida. En los 80 se institucionaliza el día, tiempos de efervescencia socialista en que se apellidaba a Europa “de los mercaderes”, pero su solo nombre provocaba un subidón para un país flácido de auto odio y que anhelaba yacer bajo una bandera que le permitiera contar estrellas.

Europa funcionó así como la droga estrella de un país ya muy colocado por Tierno cuando en los madriles pregonaba la evasión en una plaza mayor rodeado de tiorras con pecho al viento. “Ya semos europeos”, gritaba el paletismo nacional, haciendo el juego a una clase dirigente cuyo objetivo no era más que la disolución de una tierra en un féretro con nombre de diosa. Pasó el tiempo y entramos, ya lo creo que entramos, con alfombra roja de esparto y una moneda nueva que implica la inflación automática de cambio psicológico al identificar 100 pesetas con 1 euro y 50 con mil duros. Llegaron los programas Erasmus, tan perfectamente bautizados por aquellos mítines de Verstrynge en su aula Complutense, como Orgasmus. Estábamos muy contentos porque, a pesar de haber enterrado ya muchas víctimas por las sustancias que Galván nos había animado a tomar, la droga Europa seguía funcionando. No sé veían muchos resultados, es cierto, pero un pueblo sentimental, voluntarioso, carente de cariño y muy limitado, cuando se decide colocar, se coloca con lo que sea.

Pero fueron llegando avisos del destino, como pequeños orgasmos del tiempo, para irnos quedando secos, desconfiados, sin fe, cuando vemos que “esta Europa” beneficia a unos grupos determinados, no ayuda cuando un traidor escapa de un Estado en busca y captura a otro del mismo territorio, dicta el ritmo de decrecimiento de los países, impone ideas como dogmas de comportamiento antinatural, nos invade la soberanía y, por si fuera poco, se ríen de tí.

No debería ser extraño todo esto. Bueno tenía razón, España no tiene opción de crecer siendo ella misma en un ente tan falso porque, en su esencia, no tiene cabida en este invento. España es Europa antes que muchos países que se otorgan el rango europeo, precisamente aquellos que han construido este invento. Si España se quiere o busca desarrollarse tiene que acudir a una esencia que se llama Imperio y mirar hacia América. Entre el optimismo europeísta del sobrevalorado Ortega y el casticismo depre y atormentado de Unamuno y los palizas del 98, un día como hoy, aconsejo leer a Ganivet, Maeztu, Bueno y al Ausente. Sí, ya sé que a estas alturas no sirve para nada, pero al menos, si les da la manía de drogarse con ideas, intuyan cuál es  la mejor desintoxicación. Para no morirse de prejuicios, mayormente.

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