APOCALYPTO

Con motivo de las declaraciones de López Obrador, recordamos las reflexiones que hicimos hace ya 12 años en el estreno de Apocalypto…

Ayer fui a ver la última película de Mr Gibson que, como ya sabemos por la publicidad generada, ha provocado cierta controversia entre ciertos sectores, sobre todo entre los movimientos indígenas y la izquierda progre. A Gibson le tienen ganas desde “La Pasión”, esa película “gore”, como la llama la izquierda que adora a Tarantino.

Apocalypto, en primer lugar,  es una gran película de acción. Muy al estilo del director: travellings, primeros planos, movimientos excesivos de cámara para dar sensación de vértigo, uso de la cámara lenta… Personalmente, me cansa cuando la cámara se mueve mucho, yo prefiero la acción clásica de John Ford que hace prácticamente imperceptible la posición de la cámara; pero bueno el cine moderno va por otro lado y creo que Gibson lo hace bastante bien. La película dura 2 horas y creo que mejora mucho desde la mitad hacia el final.

Desde el punto de vista ideológico se puede analizar desde muchos puntos de vista. Juan Manuel de Prada escribió un magnífico artículo hace unas semanas tomando como referencia la frase de W Durant con que se abre la película: “Una civilización no es conquistada desde fuera hasta que se destruye ella misma desde dentro”. En este caso se analiza la civilización Maya como ejemplo de autodestrucción hasta la llegada de los españoles. (Que, por cierto, en la película no se toma ningún tipo de postura frente a ellos. Simplemente se les ve llegar, sin más)

Podremos verla también como una reflexión de la lucha del hombre en su supervivencia contra la naturaleza y contra el mismo. En este sentido, la jungla, las cataratas, el reino cruel y hermoso del entorno natural es, en mi opinión la gran protagonista de la película. Vemos al hombre, a la tribu, en total interdependencia con la hostilidad de selva para fraguar su vida. Se ve la caza, la relación entre los miembros y las relaciones de poder y conquista entre tribus hasta llegar al punto fundamental del sacrificio humano para adorar a dioses sedientos de sangre que otorgan favores en función del número de víctimas ofrecidas. Es decir, la aventura épica y mítica del hombre desde sus orígenes.

Por supuesto las fuerzas ideológicas dominantes, el establishment no está contento y acusa a Gibson de mentir y de exagerar en sentido peyorativo la cultura precolombina. Lo esperábamos y no nos deben de sorprender este tipo de críticas.

Venimos diciendo que todo el totalitarismo actual tiene una dirección ideológica muy clara que parte del Paganismo para desembocar en la Utopía (ya escribí un post dedicado a los “Neopag”). El mecanismo de esta farsa simplemente explica que toda la Historia está creada por los Poderosos, los Imperialistas (Imperio Cristiano), los conquistadores, la raza blanca… que, utilizando todas las herramientas en su poder sea religioso, económico…han matado la inocencia esencial del individuo para crear una estructura injusta de la que, si somos buenos, nos van a sacar Zapo y Pepiño entre otros. Es decir, por aquellos “que no son historia”, sino que claman ser enviados para salvar la historia.

Evidentemente ese planteamiento se nutre de dos hechos básicos: las culturas indígenas entendidas como vergeles de bondad y socialismo solidario antes de ser destruidas por los Imperialistas Cristianos; y por otro lado la mitificación de los pueblos “históricos” que el Imperialismo ha cubierto pero que comienzan a resucitar desde los últimos siglos en forma de Nacionalismo. Es decir, la historia de verdad pertenece a los que no han podido escribirla, porque el Latín, español e inglés, principalmente han sido las lenguas depredadoras que han tragado al resto. Lenguas asesinas. Y los pueblos destruidos han sido sublimes, “los parias de la tierra” que canta la Internacional.

Pero claro, los problemas comienzan a desvanecerse cuando empezamos a investigar y vemos que las culturas del “buen salvaje” no son tan lindas como parecen. Que en pleno siglo XV hay incestos, sacrificios y sed de sangre. También parece que los nacionalismos no tienen tanta historia como parece, en fin, que el chollo de beber de las aguas muertas de la Historia, negar la evolución y desembocar en la Utopía de las frases efervescentes y universales no es tan fácil, o tan cierto. Y reconozco que es una forma de pensar muy audaz que da mucho juego porque evita ensuciarse las manos en el fango del tiempo para simplemente decir, como un niño malcriado e inmaduro: esto no me gusta, ustedes son malos (el otro, el mítico otro), yo no tengo implicación con la Historia, adoro lo que nunca pasó y mañana seguiré juntos soñado con las grandes palabras aunque me quede millones de camaradas muertos en Siberia para velar por mis delirios.

El problema es que, como dice mi amigo Seamus, “History is a whore” y todos los totalitarismos beben abusan de ella para saciar su legitimidad.

Y creo, sinceramente, que lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos es tratar de entender, no ya de interpretar de forma ideológica, sino de comprender realmente lo que somos y por qué hacemos lo que hacemos. Pero para eso hay que tener una actitud impensable en el hombre de hoy, politizado, subvertido y por tanto, reducido a “ideas”.