EN NOCHES COMO ÉSTA

En noches como hoy vuelvo a escuchar la armonía del tiempo desde golpes en la puerta. Como los primeros acordes de la quinta de Beethoven, comienza así una íntima sinfonía que describe mi destino inverso formado en pretéritos perfectos; más allá del pasado utópico que fragua encajes de biografía compacta. Al mecerme en su eco, vibran los sonidos que antaño nacieron en sobresalto y sorpresa para inaugurar la fabulosa era de una inocencia consciente que, desde la puerta de la ilusión, generaban la encarnación querida de un mito.

Acordes que continuaron puntualmente, en sucesivas noches como ésta, haciéndose más rítmicos, desarrollándose familiarmente en pétalos de un enigma que nunca quisimos resolver, sobre todo cuando las sospechas hacían inevitables su desenlace.

Muchos otros tocaron esa sinfonía hasta que, al fin, me tocó el turno de golpear la puerta, dando tono a una noche que empezaba tan pronto. Como un concierto de año nuevo monocorde, haciendo gong de invocación de espíritus precedentes. Ya vienen, ya llegan, están cerca, a dormir, a dormir, pon champán para los camellos, ya se escucha el galope, están en el portal, ahora en las puertas principales de palacio…

En noches como hoy aprendimos, por fin, a llamar a las puertas de la única patria eterna: la del infante desconocido; esperando encontrar ahí al niño de ayer, quizá para corroborar que está vivo y ver si hay alguien en el espejo del tiempo o ya, como los vampiros, ni siquiera nos reflejamos en el espacio.

Y así en noches como ésta, aprendo a reafirmarme en la Vida, renovando un contrato que desafíe una mera subsistencia burocrática de calendarios. Golpeo cada vez con más pasión a una puerta, siempre la misma, que custodia más que regalos para, con gran liturgia, para abriendo el salón de par en par, entrar desfilando, en un espacio que será, mañana, pasarela de eternidad.