DON RAFA NADAL Y LA PERSONALIDAD

No sé qué más decir…y a la vez quisiera decir todo. El agotamiento de mis adjetivos para describir la reiterativa gloria deportiva de Don Rafael Nadal contrasta con el discurso rico y renovado que emana su persona.

Porque el personaje “Nadal” trasciende el éxito profesional de tenista que desarrolla desde un deporte particular su talento, para sobrepasar la anécdota de una pista para mostrar un espíritu que busca entender su vida en presente absoluto.

Porque uno puede ganar todos los títulos y más, pero su verdadero ser crece desde márgenes que desbordan la victoria de turno desde el impregnarse de eso tan complejo que se llama Vida. Así hemos conocido a muchos campeones en diferentes ámbitos: césped, asfalto, tierras, mar y aire. Y hemos admirado siempre la habilidad incontestable, pero en muy contadas ocasiones a la persona. “No se puede tener personalidad sin ser persona”, nos educaba la familia -en aquellos tiempos en que había educación y familia – pues la persona se construye y pasa a la espera de la Gloria por eso tan discutido y delicado como es el Compromiso. “El Compromiso es amor con vocación de eternoretornismo”, cantábamos así mismo en las aulas infantes.
El compromiso de Rafa es con su deporte y con su Tierra. Tierra que empieza en batida o rápida y que sublima en quemada, Rafa es un hombre de tierra cuya mirada va al cielo y no sólo en cada saque. Es mucho más fácil callar, como hacen los millonarios del fútbol sin ir más lejos, reyes egoístas y ambiguos en su inmensa mayoría.

Rafa habla y provoca urticaria, señal de triunfo infalible que marca y ahuyenta los demonios. Así como hoy algunos le reprochan sus declaraciones sobre las elecciones, ayer los gilipollas pseudomadristas le afeaban que se pusiera la bufanda del Atleti. Similares heces, pues, encarnadas con tanta singularidad en las carnes zafias de España.

Rafa Nadal es una de las razones con que se reafirma el amor a España. Una excepción que dignifica a una raza y que nos permite seguir en pie frente a la respiración compartida de tanto imbécil.

Gracias, Rafa.

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