TRIBUS Y MANADAS

Llegó el dictamen prometido y las redes se extendieron, en cuestión de minutos, para pescar en el estanque nacional la rabia de una población que no había leído una sentencia de 300 folios. Posiblemente no hacía falta, pues somos un país de cuatro reglas, titular numérico y lectura rápida, esa famosa técnica que se basa, mayormente, en no leer. La violación más mediática de esa orgía inmunda en que han convertido San Fermín ha dictado sentencia y no ha dejado satisfecho a nadie. Se rima Violación y Abuso, Abuso y Violación, combinando con aristas un lenguaje tan maltratado como de costumbre.

La manada de pañuelo rojo, en foto de fiesta, se reproduce así en todos los medios, por una tribu que se indigna ante el escándalo. Dos frentes, manada y tribu que, en diferentes fronteras, se mueven dentro de un mismo patrón, un mismo instinto depredador. Ese que les permite atacar en grupo para ocultar su nada en soledad. Si la infame manada de violadores ataca desde el instinto bárbaro con excusa sexual, aderezado con litros de alcohol y mórbido de exhibicionismo, la tribu, desde el otro lado del plasma, ruge de indignación y se rasga vestiduras de forma absolutamente hipócrita clamando su justicia. Hasta aquí, con un primer brochazo, se me podría decir que soy injusto, que sólo hay un hecho inmoral que provoca la espontánea y natural indignación de gente muy buena ante chicos muy malos.

Sin embargo, a estas alturas de la peli ya sabemos que la cosa no es tan simple. No ha habido más que esperar un poco y ver reacciones, eslóganes y contradicciones de una tribu mediática que ante el dolor, aprovecha para supurar ideas de patriarcados, culpabilidades héteros, y demás propaganda a la carta en un odio artificial que ignora la raíz de un problema de la que ellos son también parte responsable. La generación de una juventud técnicamente alcohólica, depravada por exceso de mal sexo y sedienta de evasión, no se improvisa de un día para otro ni nace de un proyecto personal. No es más que la realización de una educación sentimental que objetiviza al otro para el placer propio y que hace de la promiscuidad sello de personalidad. Penalizará ahora la tribu, lavándose las manos, las consecuencias fatales de un proceso cultivado desde hace años que utiliza en clave ideológica para hacer dogma.

Alguno dirá que el párrafo anterior es copia de aquella mentalidad de los 70 que justificaba al delincuente por los pecados de la sociedad. Puede ser que haya algo de eso, o mucho, pero nadie se dará por aludido. No importa, porque lo que es totalmente visible e innegable es la diferente reacción de la tribu ante hechos igual de lamentables a los que dará diferente tratamiento como la manada de Alsasua, calificada por “pelea de taberna” por los medios, o las manadas inmigrantes que, ayer en Alemania, siempre en Reino Unido y en España cada vez más, violan y se oculta para la vergüenza de una tribu que ya sólo procrea abortos y manadas. No nos engañemos ni hagamos más el paripé. En un Estado de taifas y tribus perdidas ignoran las manadas que crean, de primera y de segunda que siempre ha habido clases. Sólo nos queda esperar que entre tanta manada, tribu y demás mierda, salgan personas que, en arca de hombres libres, dejen pancartas, olviden propagandas y hagan de la libertad una virtud, no un vicio.

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