AÑO DE NIEVES…

Se nos precipita febrero hacia las nieves. Fue intuir siluetas de cigüeña por San Blas, levitando por Candelarias, para aterrizar con forma de Águedas ordenando un milagro en la estepa.

Y la nieve se hizo desierto blanco y, como éste último, su grandeza “limpia”, preciosa y exacta definición acuñada por un Lawrence de Arabia pensando el paisaje neto de las dunas. Desierto y Nevada, dos síntesis de ese monstruo vital que forma el mar abierto. Fotos en negativo que, en su estatismo, simbolizan en pardo y blanco ese azul-imposible que dora la esencia del planeta visto en las dioptrías de su Creador.

La nieve rebosa así en nuestro febrero, preñada de cigüeñas, en el mes más corto y más acelerado. Si las sierras exhiben cadenas, las aldeas se ensimisman de silencio; los aeropuertos impacientan el tiempo y nosotros, ya de vista al mundo desde las ventanas de palacio, atizamos ascuas para soñar despiertos infancias idealizadas de copos y libros.

Quizá será solo una mañana, un leve instante de frágil equilibrio mal cuajado en un trozo de cristal inflamado por un espíritu del agua, o quizá un muñeco enano que, en su postura fetal, da testimonio de un recreo ingenuo… La nieve siempre nos seduce por ser la pista visible del inconsciente, camino claro de Oz a una pureza de hogar y fuegos circulares.

“Es que se abren los corazones” me dice esta mañana el gasolinero rudo hipnotizado por el paisaje de la calle “encopada”. Calle ayer vulgar y gris, sabida, invisible, pasto de lo cotidiano, como una persona de frase hecha y jersey de cuello alto. Pero la nieve, esta inédita mañana, la descubre sublimándola, en maquillaje perecedero.

Vivimos de instantes…y eso nos vale; en una mañana o en una hora. Suficiente, en todo caso para hacernos despertar, un poco, a la Realidad.

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