Y A LAS TRES FUERON LAS DOS

El carrillón del salón golpeó paciente sus gongs de madrugada mientras las chispas de la chimenea yacían en la noche. Noche fría de cambio de tiempo, otro de esos cambios anárquicos que suceden en este otoño posmoderno que finge su condición. Mi aposento brillaba con intermitencia de ascuas dejando un tono pardo de reposo de la jornada. El fuego es el hogar, la bestia indómita que, enjaulada en su rincón, transmite su mística decorando en llama un espacio al que convierte en claustro. Son horas de silencio, preludio de ensoñaciones y reposo, desconexión del ritmo neurótico en que se van deshaciendo unos días de prisa cronometrada.

El sabor del tiempo y el fuego, daños colaterales de la materia, se descubren así en abismos del espíritu, descubriendo la nostalgia de una Realidad mayúscula que se intuye, paladeada en un ambiente contemplativo, sin expectativas de producción donde la paz y la conciencia se van haciendo a fuego lento. Son horas que no aspiran a formar parte ni de agenda ni calendario, libres en su discurso y anunciadas con pompa desde la circunstancia de mis antiguos relojes de casa.

La noche tiene una amplitud de horizonte sin fin, días inversos de luna y fuego donde uno, a través del reflejo en penumbra de los ojos de su amada, se reconoce en lo que es y tras la laboriosidad ociosa del amor en todas sus facetas, está dispuesto a encontrarse con el reino de los sueños. Estos momentos hacen síntesis de lo que es la Vida, conjugando las tesis y sus contradicciones de un día tan secuestrado por el mundo.

Sin embargo este mundo entrometido, intenta filtrar su dictadura en no pocas ocasiones. Subjetivamente en forma de preocupaciones, esos residuos de una jornada que no se resiste a pasar y expulsa titulares de tragedia que se magnifica entre tinieblas. A estas preocupaciones, sean personales, sociales, políticas, desde un mal gesto hasta una quiebra inoportuna en el Dax30, perturbadoras en todo caso, se las da fin con diversas acciones. La más efectiva de las cuales es el rezo de un Misterio, esa reflexión que hacemos los católicos expandiendo la mente hacia lo Absoluto y reseteando así los virus que la Matrix no deja de incubarnos en nuestro cerebro plástico. Pero hay otras perturbaciones más sofisticadas con que el Maligno, ese ente que no ceja en interrumpir el orden Natural – el único que hay – se las ingenia. El más importante es el famoso “cambio de hora”, la iniquidad obscena del “a las dos son las tres” y viceversa. Es el equivalente al dos y dos son cinco y… si eso. Es el relativismo aplicado al tiempo, el capricho con coartada de excusa con que, pretendiendo ahorros de no sé qué, provocan más cambios físicos, depresiones y malestares que ninguna otra fuerza.

Me molesta sobre manera este juego de un hombre que ignora su sitio en la Creación. Como los revolucionarios franceses que, en esa patética y horrorosa revuelta, se dedicaban a disparar a los relojes para parar el tiempo. La intención es la misma, aunque luego los becarios del progreso vengan con la mentira estadística de ahorros ficticios a los que nadie repercute.

El carrillón, mi tiempo reaccionario da las tres y sigue su tic Tac rebelde hacia una hora que no llegará, pero el tiempo moderno, tan infiltrado en mi mesilla, ya ha cambiado. Es el móvil, ese enemigo íntimo que me acompaña diariamente como un quiste necesario, un virus incubado con el que ya no se puede vivir. Por eso, en noches como estas, enciendo un fuego más potente y reúno en fiesta a todos los relojes de la casa, para que griten la libertad del tiempo con toques de réquiem, sabedores de que, aunque nuestra batalla esté perdida, debemos reflejar testimonio en palacio ante el esplendor de las hogueras.

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