FIESTA NACIONAL

El morlaco está crecido y revolucionado. Lleva dando vueltas al ruedo mucho tiempo, corneando al aire sus astas pulcras sin afeitar con las que apuntala burladeros haciendo astillas y ruido. Mucho-mucho- mucho-ruido, como la canción de Sabina; histrionismo de decibelios que resuenan en el eco de una plaza atónita y repleta. Plaza abarrotá y dividida en grupos: alborotados de sol y moscas estrelladas que jalean cada quiebro, frente a tímidos de sombra silente. Se salvan los del 7, claro, gritones perpetuos cuya voz se alza ultramontana mostrando pañuelos verdes.

El toro va a o suyo, rotando de tercio a medios, y viceversa, como Pedro por su casa, sabiéndose observado y sin adversario a la vista, malcriado como un príncipe durante años en dehesas de aquí y allá. Como no puede embestir a maestro alguno, porque nadie se le encara a estas horas, ya casi baila en el ruedo, desfilando en su hora de gloria, sabedor que le están viendo en todas los palcos del mundo.

Está gordo pero en forma. No en vano, lleva entrenando muy duro en temporadas de tentaderos amañados con audiencia VIP donde le enseñaron a dominar los terrenos para, por fin, llegar a su tarde tan dispuesto a cambiar las reglas de la lidia. Se le vio venir desde el primer tercio, cuando arrasó intimidando subalternos que enseñaron el capote con mucha distancia creyéndose seguros hasta que se fueron arrinconando en tablas donde, sorprendidos, han terminado subiéndose al olivo.

Se diría que es mérito del morlaco, y algo de eso hay, claro, pues es muy sagaz y adquirió un sentido identitario al que añadir al de los bichos toreados. Sentido adquirido por astucia, en aquellas plazas primeras: las de moquetas, orquesta con diva y toreo de salón donde, aparentemente iba noble a los lienzos de la Gloria, pero ya buscaba los tobillos del maestro. No se podría decir si este fenómeno es bravo o manso; desde luego la ausencia de nobleza y el resabio le apartan de lo primero, pero tampoco se ajusta a lo último; digamos que no es un toro de raza, sino de género.  

Pero esta tarde ya no está en faena de salón, y sólo él lo sabe. Es ésta una corrida nueva: solo en mano a mano con dos figuras de la capital de la Fiesta. Los matadores, a pesar de ser avisados con tiempo, pensaban iba a ser lo de siempre… hasta que vieron los nuevos gestos, las cornadas astifinas y los quiebros peligrosos y sin ensayo. Se miraron entre ellos sin atreverse a coger la muleta: el primer tercio se improvisó por como mejor pudieron, pues fue asomar el morro a la plaza cuando las figuras no repararon en decir a los suyos: “muévele un poco a ver por dónde va”.

Y se movió bien. al son de unos clarines que seguían sonando mientras que, confiados picadores anoréxicos, no forzaban más que una puya, y de mentira, dejando sangre de ketchup que la bestia enseña a los fotógrafos con gesto de pintura de Goya. Las banderillas son de fieltro, para satisfacer a los animalistas invitados que no saben de animales… pero aún así se retuerce, como si fuera socavado por banderillas negras.

Pasan y pasan así las suertes hasta la hora final. Se hace un repentino silencio y el toro se coloca en medio de la plaza y pide guerra, esperando un duelo mirando de frente a las dos figuras, esas que ayer le enseñaron a embestir de salón, y siguen sin darse cuenta que es… la hora de la verdad. Hora en punto donde el toro llega entero y sin afeitar ni picar y ya no humilla, y si no humilla, a ver quién tiene cojones para templar, mandar, cuadrar y… matar.

Entonces los maestros empiezan a sudar en el calor madriles y se van dando el turno. El cabeza de cartel está más cerca de la fila 2 que del albero. Se miran y nadie lo ve claro, no para torear sino siguiera salir del burladero. De repente uno se anima, es torero de Dinastía y despierta el griterío femenino. Cómo todos estos perfiles, el chaval es guapo, con cierto carisma y mucha escuela aprendida de familia. Sabe torear sin arrimarse, gesticular lo suficiente, fingir algún ademán grave y dejar que su bonito traje de luces y muleta carmesí luzcan para el aplauso. Sabe bien, mejor que nadie, que el público es de pueblo, sentimental, buenazo pero sin matices. Tienen la alegría fácil y con unos pases mal ligados y agarrando la muleta al límite dejando un espacio infinito entre la cornamenta y él, vale de sobra. Estos carteles dinásticos saben bien sus limitaciones. Lo suyo no es cuadrar, templar, arrimarse, bregar… no, lo suyo es el quite, bañarse en el apellido y dejar que se ensucie las manos el que le toque en turno.

Pero el siguiente, la figura…no está. O quizá sí, pero no lo sabemos, nunca lo supimos, de hecho. Este matador es lo que se llama “técnico”, igual va, igual viene, no se sabe si va a torear por la derecha o por la izquierda y, eso sí, siempre termina con el traje impoluto. No se puede decir que lo haga mal, ni que lo haga bien, sus derechazos no tienen profundidad y prefiere centrarse con la mano izquierda haciendo faenas largas hasta el hastío. Hombre de refranes sabe que la prisa es mala, la espera también y así se recluye en un burladero fetal de plasma y miedo.

Y en tanto, el toro sigue así sin control y el público se impacienta. Hombres de verde y azabache, azul y plata, son los únicos que dan la cara en una charlotada que ya está absurda. Subalternos anónimos con estoque de madera frente a los cuernos estilistas de un monstruo de diseño. El tiempo pasa entre avisos infinitos mientras sube el calor de una tarde de otoño extraño, y con él un sol de membrillo pasado que empalaga aún más una plaza encabronada.

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