María Belén López Delgado

¿Quién no ha soñado alguna vez, a lo largo de su vida, con tener alas y ver el mundo, otro mundo, desde arriba?

Desde muy niña ya me fascinaban, hasta las que nos ponían a las más pequeñas del colegio para hacer de ángeles en la obra navideña. Según me contaba mi madre, bastante más adelante, a ella le producía una enorme ternura observar mi mirada fija  en la silueta de aquel avión que iba dejando una  estela en donde yo quería imaginar que viajaban mis sueños. Y me empezó a llamar Entrenubes.

Fui creciendo tercamente decidida a perseguir mis alas.  Y así,  un buen día, me vi envuelta en un bonito uniforme de azafata,  y con una maleta en mis manos elegantemente enguantadas, dispuesta a hacer mías las alas de un avión. Ahora, iba a descubrir cómo se ve el mundo desde arriba. ¡Había atrapado, al vuelo, mi sueño!

Desde mi  primer día de vuelo, comprobé que había tanto por descubrir a través de las nubes, como en el interior de  un avión repleto de pasajeros que, con sólo con permanecer sentados y hablar poco, te decían mucho de sí mismos. Realmente fascinante.

Mi vida profesional fue, desde el comienzo, una verdadera universidad sobre el conocimiento de las reacciones más primarias del ser humano. No hay nada más humano que una persona excitada ante la perspectiva de un viaje, o  sobrecogida por la simple inquietud de verse, a más de diez mil metros de altura, dentro de una máquina que pesa más que el aire que lo sustenta; hasta ahí,  esa magia sólo estaba reservada a las aves.

Pues bien, hecha un pincel y con mi maleta, más llena de expectativas que de ropa, me dispongo a firmar mi primer vuelo programado, Madrid-Ginebra, con escala en Barcelona. Tras la firma de toda la tripulación, pasamos a presentarnos en la sala de briefing, donde se ponen a punto los obligados conocimientos de salvamento. No me llega la piel al cuerpo de ilusión.

Mi primera lección: Observo que los pasajeros que empiezan a embarcar en Madrid entran muy estirados y apenas musitando un tímido -buenos días- en contestación a mi espléndido saludo e insuperable sonrisa recién estrenada para ¡mi primer vuelo!

Mi desorientación por esa falta de empatía que percibí, me llevó a entrar urgentemente en un lavabo para comprobar en el espejo que la visera del gorro del uniforme no estaba tapando mi amable mirada de “bienvenidos a bordo”. Confieso que me sentí un poco ridícula por esa tribulación……. anímica. Pero no entendía esa pose de “más me merezco yo” con que llegaban. A partir de ahí, me convertí en una antena receptora del menor suspiro a bordo.  Me di cuenta de que acababa de  entrar en una escuela del comportamiento del Ser Humano.

Aterrizamos en Barcelona y, tras una hora de escala, toda la tripulación en perfecto estado de revista, comenzamos a dar la bienvenida a nuestros renovados pasajeros; un variopinto grupo de distintas nacionalidades con destino a Ginebra; la mayoría, españoles catalanes.  Y, esa vez, no es que muchos de ellos no nos saludaran, es que….. ¡ni nos veían! Le pregunto a uno de mis compañeros más veteranos de la tripulación: ¿qué pasa, que somos invisibles? ¿o no se lleva ser educado? Mi amable colega me dice, guiñándome un ojo cómplice: es canguelo.

¿Canguelo, a qué? A volar, me dijo. Ya lo irás viendo con el tiempo. Quieren aparentar una tranquilidad que no tienen, y les hace parecer estirados y mal educados, cuando realmente no lo son.  Muy útil advertencia, le agradecí, porque yo soy muy sentida.

Ya estábamos en el aire, cuando un pasajero llama al timbre. Y yo, rauda y veloz me lanzo a estrenarme:

_¿Señor…?_ Me mide de arriba abajo con la mirada, y me suelta un ininteligible, ÇππЃθm¥sxn#β.   _Discúlpeme, señor, pero no puedo entenderle. Podemos hablar, si lo desea, en…….._    ¡No!,  hábleme en catalán o en francés. _Pues, ya lo siento, señor, pero no hablo ninguno de ellos. Si lo desea, podemos entendernos en castellano que, a buen seguro, lo hablamos los dos, y la otra opción es en inglés. Me fulmina con la mirada, y sigue, en catalán: ¡Qué asco de Iberia! ¡Que, a estas alturas, no hablen catalán a bordo de un avión que sale de Barcelona, es inadmisible!

_Sí lo prefiere, le hablo en inglés, pero ¿no le parece un poco absurdo que dos españoles hablen en inglés?_ En ese momento se desataron los cielos dentro de la aeronave, y me espetó, levantando la voz:¡Española, lo será usted!

_Naturalmente, señor, y muy orgullosa de serlo. Y Vd. también lo es, que yo sepa_, le contesté, ya algo “nublada” por semejante cerrazón. Sinceramente,  debo decir que ésto último me sobró, pero me fue incontenible, ante este baño de soberbia que me estaba cayendo.

Si yo hubiera tenido lepra, no me habría mirado con mayor desprecio

Los pasajeros de alrededor me miraban interrogantes, y ya empezaban a inquietarse, ante lo cual, hice un gesto, indicando que no pasaba nada, mientras yo trataba de demostrar una serenidad que, ni mucho menos, tenía. Mi compañero, también me observaba compasivo, lanzándome un gesto de ¿necesitas ayuda? No, no, le indiqué.

Sudando sapos y culebras,  me dirijo a mi lugar mientras un rio de lágrimas amenazaba con llevarse, mejillas abajo, todo el rimmel de mis ojos.

El comandante del vuelo, informado del rifirrafe, y de mi apoteósico estreno como azafata, me manda llamar. Y, entonces, me dije: Entenubes, hasta aquí ha llegado tu breve carrera aeronáutica. Pero muy lejos de eso y, viendo mi hundimiento moral, me dice en tono paternal: ¡Vaya estreno, eh?! ¿Ha bebido alcohol el pasajero?_ Ni alcohol ni agua, ni nada de nada.  Con la discusión no le ha dado tiempo. Se va en ayunas_, le dije.  Bah!, no te preocupes.  A algunos les pone muy nerviosos volar, y se olvidan de que no pueden imponer sus exigencias por mucho que paguen un asiento de avión. Olvídalo, me dice el comandante, además, ahora, tendrá que pagarse el desayuno en el aeropuerto, con lo caro que es. Eso sí le va a doler. Y soltó una traviesa carcajada que me arrancó una sonrisa agradecida.

Casi preparados ya para el aterrizaje, volvía a mi asiento,  y  al pasar por delante del pasajero, seguramente aún sofocada por el encontronazo, le dejo sobre la mesita una carta de reclamación, y seguí mi camino. De pronto, me grita, -en castellano-: ¡Señorita, señorita”, ¿qué es esta carta?, yo no se la he pedido! Entonces,  me pongo en modo “azafata avezada”,  y me dirijo a él en inglés: _ señor, dejo a su disposición una carta de reclamación por si lo estima oportuno. Puede Vd. entregarla en la delegación de Ginebra para, así, asegurarse de que llegará a su destino_

Él, con cara de pez, y pinta de no enterarse demasiado del inglés, me dice, bajando el tono: dígamelo en castellano.

Se oyeron, por ahí,  varias carcajadas contenidas.

Ya vemos que la cosa viene de lejos…..para algunos.  Por lo demás, me encanta Cataluña.

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