EL MÉTODO Y YO

Ya era la segunda vez que la tapadera del táper grande se me caía sobre el entrecejo y me clavaba la montura de las gafas sobre el puente de la nariz. Esta vez por estar distraída escuchando por la radio la noticia de la declaración de independencia catalana y, claro, tenía la atención donde no debía. El dolor me hizo retroceder un metro y acordarme de toda la parentela de los políticos catalanes, que me tienen contenta, oigan. En resumidas cuentas, aquel porrazo, una vez superado el doloroso trance y el recuerdo de los progenitores de cierta raza traidora, me hizo cavilar sobre la necesidad de ordenar el armario, altillo más bien, en el que guardo los  tápers y sus correspondientes tapaderas.

Eso que venimos llamando tápers, que ni siquiera sé cómo se escribe el anglicismos éste, otra cuestión que me hace odiarlos, se han vuelto imprescindibles en nuestras cocinas, por lo menos en la mía. Es donde guardo la comida que me sobra, servidora no tira nada si no tiene moho (se me entiende verdad), pues decía que ahí guardo o congelo comida o lo relacionado con ella. Los tengo de todo tamaño y forma, unos de cristal, la mayoría de plástico.

La frecuencia de su uso conlleva que el dichoso armario sea una  cueva de elementos indisciplinados y subversivos, como los de la CUP catalana, o algo así. La que suscribe, que no se anda con chiquitas ni “diálogos” inútiles, decidió aplicar el 155 sin más dilación en el armario o altillo, que es lo que hay que hacer en caso de agresión o insurrección de tapaderas y, en este caso, no se contempla ningún otro derecho más que mi seguridad física y el orden constitucional de mi cocina. Faltaría más.

Con toda mi buena voluntad, energía resolutiva o rabia de tener un moratón entre los ojos, me dispuse a ordenar siguiendo el método KonMari, que es lo más entretenido y eficaz que he conocido en cuestión de orden. Es que los japoneses son muy suyos.
Siguiendo los consejos de la modosa japonesita, recomendaciones que suelo seguir en ropa y papeles, saqué todo fuera del armario, para lo cual tuve que usar una escalera, pequeña pero escalera al fin y al cabo, con el consiguiente riesgo de pérdida de equilibrio, pero no es esto de lo que quiero hablar, que ya me voy por las ramas.

Decía que todo cacharro plastificado o similar con pinta de contenedor quedó expuesto sobre mi encimera, un zafarrancho de no te menees porque aquello tomó un cariz como de manifestación anti nacionalista en Barcelona, que parecía que había pocos ciudadanos catalanes con sentido común y españolidad en las venas y toma del frasco, aquello era un mar de banderas. Así ocurrió con mis tápers, muchos más de lo que me podía imaginar. Pero ¿de dónde han salido tantos? ¿Cómo es posible? Y ¿cabían tantos en ese espacio? ¡¡No me lo creo!!! Pues sí, y ahí están y hay que ordenarlos o darles puerta según su utilidad o apariencia, porque mi amiga KonMari dice que elimines aquello que acumulas pero “no te hace feliz”, y a mí, algunos tápers, como algunos catalanes, no me hacen feliz.

Expuestos los dichosos recipientes, hay que organizarlos según  categorías, en este caso formas y tamaños. Ya no me voy a recrear en adjuntar la “categoría” de “color” porque se me pueden nublar las entendederas y liarla parda, o sea, imitar a Millán Astray y gritar “!A mí la Legión!” Ya ven cómo me las gasto, gracias a Dios que no vivo en Cataluña.

Siguiendo con mi aplicación del método, he eliminado de mi vida lo inservible, como les aconsejo a las amigas que se quejan de maridos inútiles, ¿no te hace feliz? ¡Fuera con él!. Así, he puesto los infelices en una bolsa grande, porque hay que ver lo que ocupan, válgame Dios, con intención de repartirlos a quienes tengan la compulsión de guardar, problemilla que comparto, y puedan darle una vida mejor.

El dilema ha sido decidirme si guardar los bienamados con tapadera o sin ella. Ya ven ustedes, dónde guardar las tapaderas, un dilema enorme y trascendental donde los haya, poco más o menos como qué hacer con los descerebrados catalanes, y yo con dudas.
Por fin decidí organizar tapaderas por tamaños, en fila india bien “archivadas”, en una bandeja reciclada de esas en las que vienen tomates; los tápers apilados como el sentido común me recomendó, claro que siguiendo más de una variable, es decir, espacio en el armario y frecuencia de uso porque el acceso al altillo no es fácil para mí metro y medio.

Y esa ha sido mi breve aventura, no como la catalana, que durará un poco más vista la excesiva prudencia de un gobierno que se tienta el recuento de votos cuando debe imponer orden y concierto, porque en ese ajuste legal le toca las narices la izquierda radical.
En mi cocina ya hay un orden más que aceptable. A mí, las sublevaciones de tapaderas las justas, por eso la aplicación del método ha sido fulminante, autoridad que toda buena ama de casa y todo buen gobierno deben imponer para que la cosa funcione, si no, apaga y vámonos.

El método dice que para mejor ordenar se deben usar contenedores o separadores, límites que nos mantengan las cosas en su sitio, pues bien, creo que dado mi dominio del susodicho método, podría recomendar a cierto señor qué “límites” debería imponer a los sediciosos e izquierda en general.

La cocina es el timón de la casa, así que una experiencia de desorden y cómo solucionarlo puede servir también para el timonel de la nación, ¿o no? 

No me contesten, por favor, déjenme soñar.

Teresa Sánchez

2 comentarios sobre “EL MÉTODO Y YO

  1. Extraordinario, Teresa. Què divertida y utilísima aplicaciòn del artìculo 155.
    Y, no puefo estar màs de acuerdo contigo en lo del orden de KonMary. Tras leerle, voy a dejar mi casa mobdaxy lironda. Genial, amiga.

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