TORO SALVAJE

La vi demasiado pronto, con la guardia baja y me noqueó. Decían que era una peli de boxeo, de las mejores. Se lo oí de madrugada al gran Pumares en esas noches de “Polvo de estrellas” que desembocan en “el primero de la mañana”.

Yo venía de la saga Rocky y del cine negro americano y no sabía lo que me esperaba. Las películas iniciáticas siempre se recuerdan en sus impresiones, como los sueños, y ésta es una de ellas. Todo comienza con un plano que enmarca un mundo prisionero en cuerdas del ring. Como en una visión ralentizada, el cine como el sueño que es, vemos a los flashes de la prensa filtrándose entre el humo condensado. La figura de un hombre calentando previo al combate, levitando al compás del intermezzo de la “Cavalleria Rusticana» nos ofrece la estética más perfecta de la soledad.

Nunca vi un comienzo tan místico. Belleza en estado puro para abrir la puerta a dos horas de infierno. Es el comienzo de “Toro salvaje”. Comienza la peli y el ring y la vida se solapan en un ambiente donde la violencia se va destilando de la mano de dos genios de la interpretación: De Niro y Pesci. Los dos LaMotta encarnados en un Bronx de estudio donde las calles desembocan en el pasillo infinito de un ring artificialmente creado.

Me impresionó el ángulo que el director Scorsese tomó para recrear la lucha, el inmenso trabajo de efectos de sonido para transmitir el dolor de cada golpe. Para esto se utilizaron todas clase de objetos para amplificar el sonido, como sandías que estallaban, huesos animales que se rompían…

La violencia, sin embargo, no estaba en el combate. Estaba en la calle, en la casa, en el dormitorio, en la cabeza de un personaje inseguro, celoso y animal en que está basada la obra: el gran Jake LaMotta. Esa tensión culmina en  una escena memorable del diálogo del protagonista con su hermano. El momento en que Joe Pesci se asquea repentinamente con su De Niro al ser preguntado si se acostaba con su mujer. La reacción es eléctrica y hasta un punto exagerada. Más tarde supimos, en testimonio “making of” que De Niro había cambiado la palabra ”mujer” por “madre”, lo que no se esperaba Pesci, provocando la reacción exagerada de su personaje.

De Niro ganó el Óscar diciendo “yo soy LaMotta”. El boxeador asistía a la entrega y, al ser preguntado por la película y si se reconocía en ella, respondió que él mismo se lo había preguntado a una de sus ex. Le respondieron que en la realidad era aún peor.

La película me hizo aprender mucho, nunca he visto la sangre tan roja como en este mundo de blanco y negro, y como la violencia termina auto destruyendo a la persona si el ring de las 12 cuerdas se traslada a la vida.

Este poema visual, tras dos horas de horror, tacos y blasfemias, termina con el evangelio de San Juan y un Jake LaMotta desfigurado en su camino a la redención.

Ha pasado tiempo desde que la vi, y ayer nos enteramos de la muerte de Toro Salvaje. Espero que haya encontrado la vista que el pecado ciega y que, ahora, disfrute de un poco de paz.

Jake LaMotta, Toro Salvaje, DEP

 

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