A TURNING POINT (UN ANTES Y UN DESPUÉS)

Las Torres Gemelas, en su caída, ya hace 16 años, arrastraron con ellas una forma de vida, desenterrando otra que ya creímos superada.  Nos pilló a contrapié,  y seguimos a contrapié.  Aquellos aviones suicidas iban pilotados por el odio del profeta  Mahoma hacia todo lo que no sea su rancio mundo.  Y, Alá, su dios vengativo, no tuvo la generosidad de impedirlo.

Hacía menos de una semana que yo había estado en el World Trade Center de Nueva York. En aquel vuelo de trabajo me acompañaba mi hijo, Antonio, como regalo por su cumpleaños. Para él, conocerlo in situ, era el no va a más de los regalos.  Siempre llevaba al colegio una carpeta de sus trabajos escolares cuya portada era la foto, a toda plana, de las Torres Gemelas, por lo que es fácilmente imaginable saber lo que sentía al verse ante ellas en carne y hueso. Allí estaban ellas, inhiestas y orgullosas, diciendo al mundo: “Somos la mejor tarjeta de visita del gran imperio que es USA”.  ¡Ya lo creo que lo eran!

Ante esta grandiosidad arquitectónica, yo me decía: “estas dos presumidas, ahora, desde su gigantesca altura, me ven a mí como yo las veo a ellas al aterrizar en Nueva York”, lo que me dio pie para  regodearme en mi suerte de poder saborear los dos curiosos puntos de vista.

Sin embargo…….., ese día, tuvimos la mala suerte de no poder subir a la cima porque estaba muy nublado. “¡No es posible que nos pase ésto!”, me dije, e insistí en ello.

Un amable conserje nos sugirió que no malgastáramos nuestro dinero, ya que no podríamos ver nada desde arriba y, al ver nuestra cara de desolación, dirigiéndose a mi pequeño le dijo: “Mira si son altas estas torres que las nubes le llegan sólo a la cintura. Pero en un par de horas, si vuelves por aquí, seguramente se habrán ido y podrás subir”.  La situación me obligó a cambiar los planes, pero Toñete, como le llamamos en casa,  no accedía fácilmente a separarse mucho de la torres, no fuera a ser que las nubes se diluyeran, por ese arte de magia que las mamás hacemos a veces, y se  pudiera perder el motivo-estrella de su viaje a Nueva York. Así, en el mientras tanto,  bajamos hasta la base de las torres en la que había un apabullante y glamuroso centro comercial con las mejores tiendas de la Gran Manzana. Toñete no encontraba, el pobre, el momento de cerrar la boca de asombro.  Me producía mucha ternura su  permanente excitación.

Para compensar la frustración del primer intento de subida y, por si acaso las nubes se acomodaban más tiempo de lo previsto en la cintura de las torres, lo llevé  a verlas desde un helicóptero, para turistas, desde el que también vimos todo Manhattan. A mí me pareció una aventura maravillosa, peroToñete estuvo más preocupado por la estabilidad del aparato en el aire, que por admirar el panorama, y, sobrevolando el Hudson, me preguntaba disimuladamente: “mamá, este “avión”, si se cae al mar,  sabe cómo nadar?”  Entre la frustración y la  desconfianza a este aparato,  ¡vaya día lleva el pobre!, pensé.  El helicóptero seguía su deslumbrante ruta, y como ya se estaba aclarando el día, la visión relativamente cercana de las torres, sin su cinturón de nubes, fue realmente hipnotizante.

Cada vez que vuelvo a Nueva York, instintivamente, las busco desde la ventanilla del avión, y la nostalgia, con un guiño amable, me dibuja una imaginaria holografía de ellas que me pellizca el  corazón. El hueco que dejaron fue mucho más que un gigantesco socavón en el asfalto; en ese socavón también cayó no poco de nuestra muy asentada vida occidental. Nueva York nunca ha vuelto a ser la misma ciudad, y creo que nunca lo será.

Recuerdo muy bien que la noticia del impacto del primer avión nos llegó rapidísimo, tanto que pudimos ver en directo el segundo impacto. A bote pronto pensé, como otros muchos, que aquello era un accidente. Incrédulamente, pues no era posible que, en un día de “sol y moscas”, (así se denomina en el argot aeronáutico) se estrellara un avión contra una torre tan enorme. Unos minutos más tarde y, sin poder cerrar aún la boca, estupefacta, por la imagen que tenía ante mis ojos, sobre el cielo todavía azul de N. York, apareció el segundo avión que nos clavó, entre la retina y la incredulidad, la evidencia inequívoca de que aquello era un ataque terrorista en toda regla.

¡¡¿¿Un ataque terrorista en el corazón económico de EEUU??!!   Si cae el centro mundial del comercio, víctima del terrorismo, caemos todos, pensé.

Me costó varios días poder abarcar sólo un poco del alcance de semejante desastre. Fue, entonces, cuando recordé con nitidez lo vaticinado por Oriana Fallaci. Y me pareció un hecho curioso que esta mujer, que dejó su carrera de medicina por la de periodista, convirtiéndose en azote del afán invasor de los musulmanes, muriera en el mismo mes en que cayeron las Torres Gemelas.

Ella advirtió de las muchas probabilidades de un ataque terrorista, que suponía iba a ser muy sonoro, pero no creyó que les fuera tan fácil a los terroristas. Esas temibles “células dormidas”, compuestas por islamistas tan concienzudamente adiestradas para dar una imagen de normalidad a esa, tan imposible como siniestra, integración  en nuestro modelo de  sociedad, era el caballo de Troya de Oriana;  una periodista muy bien informada, pero muy duramente criticada, a la que pocos quisieron escuchar, y que resultó ser, junto a  Bat Ye’or  (pseudónimo de la escritora judía, Giselle Littman, nacida en Egipto y de nacionalidad británica, y acuñadora del acertado término “Eurabia”),  las únicas que escribieron, alto y claro,  sobre el gran error suicida  de una Europa  acomplejada ante un Islam  que, ya claramente, venía con cuchillo y tenedor a devorarla.

Orian Fallaci escribía con pasión y vehemencia sobre esta amenaza porque tenía sobradas razones para apasionarse: “Los musulmanes tratan de imponernos su cultura, destruyendo la nuestra. Los rechazo, y esto no es sólo mi deber hacia mi cultura, también lo es hacia mis valores, mis principios y mi civilización”.  Conocía muy bien el caldo de cultivo en el que se empezaba cocer Europa. Sabía mucho y bien de lo que hablaba.

Su atinada percepción de cómo y quienes estaban configurando  el mundo, probablemente,  se la facilitó las entrevistas que hizo a los mandatarios más importantes del mundo. Aquellas interesantísimas  entrevistas las recogió en un apasionante libro, “Entrevista con la Historia”.  Todas me resultaron  soberbias, y algunas de ellas excepcionales, quizás por la peculiaridad de los personajes entrevistados, como fueron, entre otros, Golda Meir,  Yasser Arafat, Kissinger, el general Nguyen Giap, Moshé Dayán  y Jomeini, ante el cual tuvo el coraje de arrancarse el velo, exigido, para poder acceder a la entrevista.  ¿Cómo no escribir con aquella desbordante pasión por la que fue tan duramente criticada en casi toda  Europa?

Ya lo venía advirtiendo en su libro “La rabia y el orgullo”. Pero todo eran duros reproches, siendo incluso denunciada por la Liga Antirracista Europea (los buenistas de siempre).

Pero el tiempo,  algunas veces, pone las cosas en su sitio y, esta vez, las puso; desgraciadamente, eso sí. Y, Oriana lo plasmó en un magnífico libro, “La fuerza de la Razón”, que comenzó a imprimirse justo al día siguiente del 11M y que va dedicado a los muertos del atentado de Madrid.  Esta publicación resultó ser un tremendo y merecido varapalo a Europa y la ONU, a las que calificó de “filoislámicas”. De Alemania escribió: “Parece una sucursal del Imperio Otomano”; de Suecia: “Se concede la ciudadanía a cualquiera que pueda susurrar, Alá es grande”; de España: “Feudo islámico ajeno a las leyes nacionales”.

Oriana Fallaci murió el 15 de Septiembre de 2006 con la amarga certeza de que a una Europa sumisa, acomplejada y sordo-ciega, el Islam le pasaría una impagable factura.

“La Libertad es un deber; antes que un derecho, es un deber”. (Oriana Fallaci)

Hoy no me queda más que hacer un brindis por Oriana, por su clarividencia y valentía, su rabia, su coraje y por la fuerza de su razón.

M. Belén López Delgado

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