SAN ROQUE

Paseamos ayer a San Roque, entre el rastro de una Virgen ya Ascendida entre pinares efervescentes. Las chispas de la Gracia se mezclaban así con el polvo de las estrellas arrojadas desde el cosmos por la cola del dragón de San Juan. Es el punto fundamental del verano. Milagro repetitivo sólo visible por las ánimas puras, aquellas que, con ternura Garabandal tienen la dicha de ver mensajes y la desgracia de que los ciegos se lo nieguen. Sin embargo el resto de la especie apenas vemos un sol que deslumbra cada vez más mientras anhelamos una tormenta que no acaba de llegar.

La mitad de Agosto es el centro espiritual del año. Fecha con vida propia a partir de la cual empieza a sonar en cantos del personal la copla del “frío en rostro”. Nunca he sido de refranes…hasta que empecé a envejecer. Mi osadía tardoinfante -época perpetua- siempre me produjo sospecha ante la sabiduría empaquetada y con ripio refranera; y más en estos agostos donde el sofoco recordado adquiere más temperatura desde la nostalgia vivida de la memoria. Porque mi memoria es extrema, claro, así que me hace recordar inviernos de nevadas y estíos de apocalipsis, creando así un imaginario de arquetipo neuronal. Pero en este proceso de envejecimiento, de madurez dicen los optimistas, estoy cambiando el chip del recuerdo.

Y fue hace poco, apenas inaugurado el mes. Cenábamos pulpo “a veira do mar” y Ovidio, amigo sabio, lo dijo en sentencia al cambiar el barril: “uno de agosto, primer día de invierno…en Asturias por lo menos”. Asintió un parroquiano con manos de pescador al costado de la barra, mientras fuera llovía alegremente sobre la Playa de San Lorenzo. Pedimos pimientos y orella para asimilar el dogma y lo bautizamos con otro Ribeiro. Soy una persona que respeta poco al prójimo, pues apenas le aguanto como prójimo pero, al mismo tiempo, siento una absoluta devoción por los míos, esa tribu errante que a lo largo de mi biografía se dejó encontrar. Ovidio es de esa especie, y basta que me dicte un refrán que yo, en boca pagana ni siquiera hubiera oído, se convierta en un axioma para mi breviario de verdades.

La impresión de ese invierno de Ovidio duró poco, la verdad, pues un Agosto tenaz siguió con su dialéctica hegeliana de grados. Pero es hoy, tras el paseo de San Roque y su perro sin rabo y la Virgen estaba ya Ascendida entre pinares, cuando en la noche Mesetaria dobló un portal de corriente que dio vida a los últimos tizones de la chimenea. Llegó a mi estancia sin rubor acariciándome el rostro con mano de fuente. Me desperté sonriendo con la señal del frescor haciendo que el sueño se desvaneciera en una memoria presente. Era ya un invierno comenzado y Ovidio tenía razón.

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