CRÓNICA ACCIDENTADA DE TIERRA SANTA

Teresa Sánchez, Mesetaria

No había dónde esconderse, no había más opción que correr y corrimos con la desesperación de quien quiere salvar su vida porque allí disparan con balas de verdad. Y disparaban sin pensar que los turistas estábamos pasando por allí.

Discurría mediados de julio de 2017 y me encontraba en peregrinación por Tierra Santa. Estaba experimentando emociones y vivencias complejas de expresar por su intensidad y difíciles de entender para quienes no tengan fe.Por sus paisajes mediterráneos, el fuerte calor y la satisfacción de estar pisando aquella tierra yo me encontraba como en mi casa. Sin temor, satisfecha y alegre gozando de lo que veía o fotografiando todo lo que se me ponía a tiro. Y precisamente el momento de los tiros… no pude sacar fotos. Cosas de la vida.

Empezamos la peregrinación en el lago de Genesaret con la noticia de la muerte de dos palestinos en la explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Era una noticia lejana. Aquello ni tenía que ver con nosotros ni con nuestra historia. Como siempre, el egoísmo nos hizo ser indiferentes a la tragedia y a los problemas de aquella tierra.Cuando llevábamos ya tres días en Jerusalén, veíamos bastante policía fuertemente pertrechados sin que aquello nos llamara la atención, pues se supone que es lo normal en un país con una convivencia más que complicada entre ambas comunidades. Se nota el odio y la diferencia de nivel de vida. Los palestinos viven acogotados por la superioridad económica, cultura del trabajo, progreso cultural y militarismo israelí. Se nota por todas partes. Pasas de una calle israelí a una árabe y la diferencia es enorme. Eso merecería una crónica aparte, pero no es el caso.

Para desplazarnos desde el hotel a cualquier lugar, el autobús tenía que pasar obligatoriamente por la carretera que discurre paralela al torrente Cedrón, con laterales escarpados y vallados, sin más salida posible que el marcado por el asfalto, excepto por un camino que sale a mitad de la calzada y que, supongo, desciende al pequeño valle del torrente. Cuando pasábamos por allí observábamos una fuerte concentración de palestinos en plan pacífico, sin que interrumpieran el paso de vehículos ni hubiese motivo de preocupación por su presencia tan numerosa. Protestan por las muertes en la explanada, nos dijeron. Y como no iba con nosotros y había tranquilidad, pasábamos tan campechanos. Sólo nos advirtieron que no sacásemos fotos. Orden que alguno de mis compatriotas no cumplió, como es natural que suceda por la  inconsciencia anárquica que alberga todo español. Ese día habíamos pasado dos veces por allí, ida y vuelta al hotel después de caminar todo el día bajo un calor abrasador. Cena y ducha refrescante, ropa limpia y a las ocho de la tarde salimos para celebrar una Hora Santa en Getsemaní. Algo que esperábamos con expectación porque íbamos a rememorar la oración del Huerto de los Olivos. Autobús en marcha a la hora prevista.

Todo ideal, todos con el ánimo preparado para uno de los momentos más íntimos y especiales de aquel día. Pero no avanzábamos, la circulación era muy lenta hasta que el atasco nos frenó totalmente. Escuchábamos sirenas y se veía humo en el fondo del torrente. Veíamos algunos arbustos ardiendo. Poca cosa en un clima seco y caluroso como el que estábamos padeciendo. Pues nada, paciencia, pero aquello no tenía visos de cambio y el guía, un fraile franciscano muy preocupado con la puntualidad, nos dijo que estábamos cerca de la Basílica y que podíamos ir andando para llegar a tiempo a la ceremonia. Por supuesto le hicimos caso, todo el mundo se bajó del bus y nos dispusimos en fila informal de tres o cuatro en fondo a ir andando. Así íbamos por el lateral izquierdo de la carretera que descendía hacia la ciudad en una pequeña cuesta cuando, de pronto, al pasar una curva vimos la causa del atasco, la manifestación de palestinos había aumentado en número y ocupaban la calzada dificultando el tráfico, pero no se notaba agitación ni se escuchaban gritos.

A lo lejos se veían coches de policía aunque, dada mi condición de renacuajo de apenas metro y medio, no llegaba a ver más que las luces azules intermitentes y poco más. La fila de peregrinos se adentró entre los manifestantes sorteando como  podía a los individuos o grupos que allí estaban. Nuestra procesión se alargó tanto por las dificultades para avanzar por el gentío, que los últimos nos rezagamos un poco.

 ¡¡Ay!! De pronto un bombazo y la masa de palestinos que miraba hacia abajo donde estaban los policías, giraron y empezaron a correr en  dirección hacia nosotros, avasallando a todo el que no corriera.

Los pocos peregrinos que todavía no habíamos pasado la concentración de personas nos vimos envueltos en una masa de hombres gritando y empujando sin que entendiéramos por qué, hasta que empezaron a explotar los petardos a nuestro alrededor.

Los denomino “petardos” porque no sé qué otro nombre adjudicarle, pero  eran como cartuchos bastante grandes que explotaban a nuestros pies, soltando en todas direcciones  pequeña metralla ardiendo  que no sólo intimidaba sino que quemaba, sobre todo si impactaba en la piel. Y yo allí, en medio de aquel lío, sin tiempo para pensar nada más que en intentar sobrevivir a los empujones de la muchedumbre y explosiones de los cartuchos que caían a mi alrededor. De verdad que no tuve miedo, el miedo vino después, cuando piensas que has estado en una situación donde las balas son de verdad. Lo que sí sé es que corrí cuesta arriba, agarrada de la mano de otra peregrina, como si nos fuera la vida en ello, y nos iba.

En aquellos momentos en que escuchaban los disparos, explotaban los cartuchos alrededor, por delante, por detrás, a los lados, uno a medio metro de mis pies, y sabes que estás en un lugar donde la policía dispara y después pregunta, que eres extranjero y  los palestinos son musulmanes, y ya sabemos cómo anda la cuestión con los extranjeros, oigan, yo me agarré al crucifijo que llevaba al cuello convencida que no salía de aquello.

No voy a entrar en más detalles en la secuencia de los hechos porque alargaría mucho este relato. Sólo decirles que al correr cuesta arriba, los cinco o seis peregrinos que nos habíamos reunido reconociéndonos en el alboroto vimos el autobús a lo lejos y, en un momento de un poco de calma entre carreras y bombazos, nos subimos en él a modo de refugio. Ya me dirán si un bus cargado de gasoil puede ser un buen refugio cuando hay explosiones por medio, pero el chófer nos animaba a acudir, y así lo hicimos. Hasta que apareció el fraile, con su hábito marrón a modo de bandera de paz a rescatarnos y hacernos llegar, entre una policía indiferente, a nuestro destino.

Llegamos al convento de franciscanos que regenta la Basílica de Getsemaní y el Huerto de los Olivos por una puerta lateral donde nos recibieron con agua, pastas, vendas y Betadine para atender a los heridos, porque hubo heridos, leves, pero los hubo. Rasguños por las caídas, pequeñas quemaduras o crisis de nervios. Y es que  cuando nos hacen correr desentrenados, con cierta edad y poco habituados a emociones fuertes nos dan perrenques, por lo menos a los que ya no se cuecen al primer hervor.Por supuesto celebramos la Hora Santa. Nos dejaron tocar la piedra que hay frente al altar donde, se supone, oró Jesucristo. Allí me tiré todo lo larga que soy, ya lo he dicho, metro y medio, para poder tocar la piedra con mi frente mientras daba gracias por haber salido ilesa de la experiencia. Y, a pesar de todo, por haber conocido de primera mano la problemática que existe en aquella tierra. Ahora no sé a dónde enfocar mis simpatías, si por palestinos o por judíos. Allí todo es tan confuso, existen tantas variables en el conflicto que es mejor no juzgar a ninguna de las partes.

Y como llevo el corazón en bandolera y siempre me pongo de parte del perdedor o el débil, he decidido que sea la situación que sea me pondré de parte de las víctimas de lo que allí pasa, sean del bando que sean.

Y eso me sucedió durante el verano de 2017 en la tierra donde mi Dios predicó el Amor.

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