Llegó Junio. Con un Pentecostés que recolecta sentido en el bochorno para bautizarlo en Calor. Esta curación de la fiebre, ayer amarilla de un mayo enfermo, hoy nos aparece agradable, día uno. Y todo desde el valor de la costumbre, esa corrección de la rutina.

Porque el bochorno, como todo, se termina asumiendo si somos capaces de sublimarlo, aguantarlo en tradición, aunque sea un horror. Si Mayo maldito es un parto con cesárea, que sueña forjar una primavera deseada con gemidos de santidad en lirios y luna llena… termina vomitandose ebria de soles con ascuas de fuegos.

Así que no aguantamos el calor, el insufrible «que bueno hace», de la cofradía de los de la frase hecha. Sabemos que el calor es un exceso del clima, sólo asumible en momentos puntuales: toros a las cinco de la tarde y playas del sur cubierto de amantes y promesas. Sólo en dos mundos de arena, pues, que reflejan iniciación desértica en que uno se deja pensar.

Asumimos junio, porque de alguna forma consolida lo inevitable, dejando reinar a retoños bastardos del bochorno. Mes que firma Géminis, de biografías bipolares de tipos encantadores, artistas y cabrones, ególatras todos anyway. Si mayo es un mes de revoluciones, Santos y flores con espinas a María, junio nos pacífica los polos cósmicos preparando pacíficamente lo que queda de infierno hasta noviembre.

Vamos a vivir junio, amigos, aunque sea por la alegría que nos da nacer e nuevo en unas semanas y haber sobrevivido a esa tortura suicida y fatalona llamada mayo.

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