FINALE VALENCIANO

LA RUTA DEL BAKALAO

… y así, tras cinco vueltas perdidos en el puerto, empezamos a navegar por la canícula en busca de la figura de un espectro con bandera verde que nos guiara a un lugar llamado Sueca. Ruta del Bakalao adelante, camino de Oz sobre un cementerio de cunetas sin cruces, recuerdo de neones celestiales que iluminan almas flipadas. La bandera verde que perseguimos es ya fosforescente y la imaginamos con logo. Si las discos se dejan invadir por hierbas, los apartamentos desarrollistas se aburren de soledad y okupas, pero la Natura vestida de albufera sigue allí. La sublime creación del Génesis sigue brillando y haciendo blanquear al horizonte con luz purísima. Gotor lleva todo el camino enseñándome a pronunciar Sueca, “con a abierta al final, nano”, cuando lo consigo por enésima vez, se abre ante nuestros ojos una titi en pelotas presidiendo un conjunto fallero que nos da la bienvenida. La metáfora del genio de Valencia se adelanta así puntual al Apocalipsis según San Juan, con Mascletás en vez de trompetas y fuego redentor. La bandera no ha aparecido aún, la verde, claro, porque aquí nos espera la otra, la rojigualda que ya ha llegado antes que nosotros.

11M Y LA BANDERA

“Una tostada y un cortado, gracias”. La camarera del kiosko nos sirve rauda y perturbadora con su melena negra  y acento quedón. Levanto la mirada del café y  vemos una enseña española apoyada sobre una farola, con Curro al lado en la terraza. Es una bandera con crespón en aniversario de golpe de estado. El crespón en la bandera de España debería sustituir a su escudo. Entre columnas forzadas y águilas en extinción, lo que queda real no es más que la sangre “de muchos”, cruzada en lazo y coagulada en negro para que se impregne en eternidad. El lazo, crespón o herida, ya es nuestro signo de identidad. El símbolo llama la atención a los paseantes anónimos que ven un souvenir de ornamento y nada. Bandera humillada de mártires asesinados en un marzo cuya fecha nadie osa acordarse. A su alrededor se va dejando rodear de un grupo que toma café y recuerdos. Silvia aparece descansada  y con colorcillo de haber dormido bien tras una primera jornada, con cena de corderillo degollado. Pide tres cafés, la tía, y me ofrece uno para ver si espabilo, chiquitín-que-estás-creciendo. Sonrío infante y magullado cuando llegan nuestros rusos de Cáceres con sombrero panamá al cobijo del recuerdo. Es hora de empezar, y nada mejor que hacerlo desde una galaxia muy muy lejana.

LONJA DE LA SEDA

 

El patio es de naranjos y las palmeras son de piedra. Pasamos por un portal ornamentado por una estética del pecados y brujerías hasta levantar la mirada para purificarnos con la Señora. Con el zoom hacia el infinito, el cielo picado se hace bóveda de crucería, patrimonio de la humanidad y unión de culturas bajo el arte del comercio. La lonja produce sensación de grandeza en un espacio inagotable. Las fotos son verticales y, de tanto mirar a los detalles, acabamos embelesados en un techo dorado que cubre mares y consulados. Es la puerta al mundo, a la ruta de la seda, pasaporte a todos los cosmos de este mundo que, desde lejanos orientes, forjaban un occidente emprendedor.

A la salida escuchamos una algarabía de un gentío rodando una película de motivo fallero. Las fiestas están empezando y los dos mundos legendarios de sedas y falleras, de lo universal a lo local se funden en metros.

 

ALMUERZO CONDECORADO

No hemos hecho la digestión del desayuno y ya ansiamos almorzar. Vamos al mercado donde bares conexos de camareros hispanos sirven croquetas. Pedimos raciones y cervezas y el grupo se amplía desde la jerarquía china llegada desde Carabanchel para condecorar a nuevas glorias. La Mesetaria se pone firme y saluda marcial con gesto de niña aplicada con buenas notas. Gotor, ya más que condecorado por un grupo que fundó él mismo, no acierta a encajar su cruz de hierro en la camisa con un tornillo. No importa, nano, le alcanzo un croqueta de jamón y hacemos un cheers por dos sujetos a los que les sobran por sí condecoraciones. Levantamos el campo pues, en estado mayor constituido, y nos vamos a hacer cola en una fila estrecha que lleva a un tesoro tan inexplicable como hermoso.

Lo llaman la Capilla sixtina de Valencia, dicen que es gótico de decorado en barroco, en fin, no sé. Lo que sí sé es que cuando uno entra en el templo se da cuenta de lo que es una iglesia. Vemos desde una catequesis en la pared hasta el anticipo a la eternidad desde todos los ángulos; vemos el post Apocalipsis y la gloria prometida. La sensación es de globalidad, un todo católico que se expande a infinito sin ruptura alguna en cada arco. La forma es el fondo y “lo católico” no sólo salva por mensaje, sino por haber explicado lo inexplicable en curvas y dibujos. Rezamos al Santo, velas al Mártir y nos despedimos del Patrono. Una pena, pero hay que irse, con pena, pero no hay tiempo. La bandera espera ser procesionada y el tiempo corre.

 

VUELTA AL MERCADO 11M Y POLICARPO

Y Curro cogió la bandera, del Hotel a las plazas, entre la gente y miradas de reojo, vamos a la primera estación: el centro del mercado. Entre murmullos curiosas, algún desplante, mucha indiferencia, y alguna aprobación, plantamos el estandarte en el centro del ruedo. Esperamos, como excalibur y sus caballeros a que se nos aparezca un miembro fundamental de la España insurgente. Y aparece. Policarpo de Salamanca, conciencia de archivos robados, memoria viva de la historia real, no “histórica-ideológica”, se hace paso con su chica al centro del comité. Pareja con la que inmediatamente conectamos y nos reconocemos en una sonrisa. En formación avanzamos por la ciudad con un destino de mar, horizontes y grandeza.

 

LOS ABANDERADOS

No es fácil portar un símbolo, mucho menos algo tan visual como la bandera. Hace falta esa actitud que, con la fuerza del amor, recorre el rayo que, desde la trascendencia a los núcleos de coraje, taladra el corazón. La Mesetaria ha cogido el relevo y pasea su patria engalanada por una calle sin gente que nos llevará a la Glorieta. Policarpo hace foto mostrando el porte y la soledad que acompaña el paseíllo de un país nacido para el olvido. Once de Marzo en España y la Mesetaria, con su cresta rubia, me asemeja a un gallo de pelea de gesto erguido que decora un interior de alma vertical y un par de gónadas simétricas y agresivamente femeninas.

 

CIUDAD DE LAS ARTES

En la ciudad de la artes el Mediterráneo ya es sol sobreexpuesto. Hay que corregir el exceso de luz a medida que nos acercamos. Desde la ruta del bus 95, la luz entraba en los cristales hasta derrocharse en la salida. Idílico y grandioso son apenas adjetivos para describir un escenario de paraíso. Fue allí donde me presentaron a la Triple A: Arriero, Alex y Aviñó, tres camaradas de las trincheras virtuales de la tierra que por fin se encarnan desde el emoticono. El tiempo corre y hay que ver mucho, cojo la mano de la Mesetaria y nos vamos al cuarto de juguetes como dos colegiales. Corremos al final del pasillo, donde Inma nos aconsejó, porque están las mejores figuras y luego volvemos más tranquilamente hacia el principio. Vemos a Rita, por fin, sonriendo a Fidel, a Rajoy multiplicado, al Borbón ensimismado, al establishment del cambio valenciano… Están todos, caricariturizados y, por tanto, descubiertos. El duende popular pule el alma del sujeto con la caricatura y la redime con el fuego. Hay una mística profunda entre todo ese pueblo de personajes interpretado por el pueblo de la calle, cada ninot merece un estudio, un tiempo, un paseo por la geografía del detalle. Nos hacemos fotos con unas falleras muy guapas y salimos corriendo hacia el finale.

Tenemos que repartir los coches y voy con el de Alex. Ingenuamente pregunto: “¿sabes el camino?, Naturalmente, y si no, le pregunto a Gotor, que también viene”.

Y eso fue el principio de la leyenda.

SUECA

Nuestro destino es el casino del pueblo. Uno de los tres, el masonazo. Está enfrente del católico, destartalado en ruinas donde apenas se puede traducir el cartel. La fachada de los amigos del nuevo orden enseñan una fachada deslumbrante y un interior de tipo indiano y decadente. El color pardo está a tono con el recuerdo que nos esperará al abandonarlo. La lámpara explica por sí misma la historia del local, de techos ornamentados que cobija a los últimos de Filipinas tomando café. Al fondo hay una mesa de billar español. tamaño snooker, juego que sólo practique en la otra vida, ultramar, con bolas rojas y palo largo. Me encantan estos ambientes, me sacan de mí y me hacen creer en la herejía de la reencarnación. Voy a la barra y pido cerveza de la zona aunque me dicen que ya no es así, desgraciadamente. Obviamos las razones y la bebo.

Saludamos a las últimas incorporaciones de la aventura de la que destaca la mujer de mi amigo Coque. Es ésta una mujer que transmite fuerza, atención y punto de vista. Habla poco pero matiza haciendo que la conversación pueda ser recordada. La mesa es cuadrada y de tal amplitud que parece redonda y nos podemos ver todos la cara. Policarpo me habla de los archivos dispersos, la España desguazada en legajos robados y el olvido.

Se acaba la paella y cantamos a Valencia y a España. Del primer himno sólo me sé la primera frase y del segundo canto desde el poema de Pemán al Fiat Voluntas Tua, en blues conjunto. Los comensales se emocionan y la cocinera sale a aplaudir mientras se apoya en una columna. Los guardianes del fuerte miran hacia atrás curiosos y siguen con el partido de la tele. El gran Chino se acerca al piano para dar vida a unas teclas acartonadas e Inma baila un cancán improvisado como una mascletá de vida haciendo que los abuelos olviden partido alguno y recuperen la vista en un milagro al atardecer.

Aviñó nos da Miguelitos, Curro, vino rosado y Maria Belén se hace presente en un poema sujeto por una cinta rojigualda.

Es mucha información y salgo afuera para inundarme de pueblo mientras escucho algún petardo y los acordes de Valencia. Desde el cristal veo despedirse a todos sin que me llegue el sonido, como una película muda o un sueño.

LA LUNA DE AVIÑÓ

Es la última luna llena del invierno y Aviñó, sonrisa permanente, nos hace sitio en el buga colocando los Miguelitos en orden. En cada rotonda nos gira varias veces para observar la luna. Empieza a nuestra derecha, luego a la izquierda, por aquí si, por aquí no. Llegamos persiguiendo al fantasma de la bandera verde y salimos como Calígula persiguiendo a la luna. Aviñó, en su genialidad, tras la enésima vuelta a la rotonda fuerza un Eternoretornismo provocando un eclipse. Dónde está la luna, dice tímido y confuso, Policarpo. María José nos tranquiliza y nos cuenta la ruta de restaurantes y discos. Aviñó ríe y sonríe, manejando la luna a su antojo. Las calles de Valencia están iluminadas como Serrano en Xmas. Encabezan las felicitaciones anuncios de cerveza y licores. Igualito que la Natividad en Madrid, la gente corre por las plazas y ya no hay forma de avanzar. Dejamos a Policarpo y Maria José en la entrada y nosotros en una calle cualquiera. Sacamos los Miguelitos y nos abrazamos con el amigo.

CAGANER

Avanzamos entre la marabunta como si estuviéramos 55 días en Pekín. Vamos de la mano para así perdernos juntos entre el bosque humano. Alcanzamos la Plaza Redonda y nos aceleramos hasta perder cualquier norte para aparecer en el  Hostal tristes y puntuales. Despedimos a la familia mientras recogemos las bolsas y busco al patriarca ausente con la mirada. Hay que hacer pis, con esto de los viajes y la lírica, tanta metáfora y demás se me pasó atender la natura. Voy al servicio, torpe y sin avisar abro y, vaya, perdón, perdón, en todo caso buen viaje. Pillo al abuelo en plan caganer con gótico realista y me despide desde el trono.

Corremos, vaya día ché, a la estación masónica entre riadas de gente, ruido de ruedas en maleta como una mascletá que nos perseguirá sentimental en la memoria. No queremos llegar, ojalá perdiéramos el tren, pero seguimos adelante. El bus amarillo espera y llegamos sin novedad a la estación y se hace el silencio. Tomamos horchata con fartons endulzando una memoria que se va maleando a alta velocidad en el Ave anfibio. Acunados por los vagones llegamos de otro mundo, Atocha 11M, última hora, entre policías que bostezan. En un punto determinado hay unas velas y una camiseta roja con una cara.

Paramos y rezamos por él y por todos.

Gracias.

 

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