A Enrique Cano Garcia

Buenas noches, Enrique,

Leo desde nuestro amigo Cami que ya estás de refuerzo en los luceros. Al ver su post me he quedado parado, apenas un instante, y he rezado por instinto un Misterio en tu recuerdo. Al terminar fui a mi biblioteca y saqué un libro, tu libro, que tengo localizado en el rincón de los íntimos. Lo he abierto con mimo cuando tu tarjeta ha volado hacia la alfombra. Un “Abrazo!” encabezaba en azul tu nombre, el de tu señora y la dirección. La primera página conserva todavía el recibo de SEUR con la fecha en que me lo mandaste a mi casa de Castilla. Yo guardo todo, me gusta conservar todas las cosas, más si pertenecen al ámbito de lo entrañable. En un comentario te pedí que me mandaras un ejemplar y te faltó tiempo para enviarlo, te llamé desde Irlanda cuando llegó y fue la primera vez que oía tu voz.

Recuerdo la conversación y sobre todo el tono de la misma. No había fisura alguna de estilo entre tus palabras y tus escritos. Era una unidad de comunicación donde se unía la verdad y lo entrañable. Hace mucho de eso, o quizá poco, en esta velocidad acelerada que nos da el tiempo. Eran tiempos de batalla, en todo caso, preludio de guerra. En la trinchera que se estaba construyendo para resistir, tu combatías desde Granada y yo desde Irlanda, muchos kilómetros de distancia pero nada de separación emocional. Eran tiempos donde una generación, que englobaba muchas generaciones, se reconocían al calor de internet en aquellas plataformas de LD. Muchos soldados nos reconocimos allí sin habernos visto las caras, aunque adivinando que formamos parte del mismo latido. No te conocí personalmente pero te oí ese día, teniendo ya referentes cercanos desde los Visconti y Alcides, con quienes te reuniste en tu tierra. Lugartenientes de lujo que, desde la generación virtual se convirtieron en hermanos de sangre, como Mamita, a la que veo frecuentemente, ayer sin ir más lejos, y tantos otros.

La lucha sigue, en momento álgido y el Señor te ha situado de angelote guardián en los luceros para que nos guíes. Aquí has cumplido con honores y ahora te asciende un grado que será, a buen seguro, superado con mayor éxito.

Me tranquiliza tener un camarada guardándome, te lo aseguro. Si la pena de la ausencia en este mundo es inevitable, me agrada enormemente tenerte en comunión de guía. Nos conocimos en una lucha virtual y seguimos avanzando en otra vertiente espiritual. Sabemos que la victoria es nuestra, y que las lágrimas de hoy riegan flores de mañana en esta perenne primavera que sonríe a cada paso.

Me da paz saber que tengo un camarada, amigo, desde la unión forjada en años. Gracias, Enrique, y que sean fructíferas las guardias permanentes de la mística azul en que creemos.

Con cariño y admiración del camarada McMurphy.

Enrique Cano García
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