VERMUT POR EL AÑO DEL GALLO

El último sábado de enero en LosMadriles es azul y rojigualda. De Colón a Sol, el firmamento se luce de una estela patria entre helicópteros desde la esfinge de Blas de Lezo hasta el madroño y su oso. Del estatismo de la bandera con escudo estatal al movimiento de las águilas de San Juan, se procesiona por la justicia en la Gran Vía. Allí, entre turistas de souvenirs y carteristas vestidos de Disney, se hacen hueco los nacionales para reclamar a un Estado, cómplice de rupturas y ciego de Supremos, el porqué de la diferencia de tratos. Al Poder eso no le importa, claro, le es más fácil etiquetar a los miembros de una manifa incómoda que vaga errante su camino. Hoy en día, cuando uno tiene vía libre para arrasar una iglesia bajo coartada de libertad de expresión, nos encontramos que entrar en una librería con banderas españolas porta galeras. La España huérfana así se manifiesta en sábado sobre la indiferencia de una tierra cuarteada para desmantelar en taifas.

Es ya mediodía y me hundo en el metro mirando a Carlos III en esas profundidades del refugio nuclear de Usera, cual mito cavernario para, tras la reflexión en sombras, salir entre las criaturas pálidas que forjan el nuevo Sistema. Mis nuevos hermanos me almendran la mirada y así, ciego entre camaradas chinos y ascensores eternos, salgo con un gorro de carnaval y silueta de gallo a la superficie. Me espera en las escaleras mi compadre que me guiará en esta visita, con una visión nueva, porque los vermuts son eso: dejarse guiar por un punto de vista admirado, lúcido y confiado. Un hermano de armas virtuales de los blogs que, viendo el panorama hace ya siglos, decidió en audacia suprema transmutarse en oriental definiendo a España como territorio de mil naciones. Nuestro abrazo renueva la amistad e inaugura nueva era en Usera: apenas dejé un centro de Madrid que corría Eternoretornista hacia 1936 y aparezco en año del Gallo en la periferia.

Usera es un salón de calles diseñadas por un coronel con mucha vista cuyas vías recuerdan a su mucha familia. Entre calles de su parentela de Amparos e Isabelitas… buscamos a nuestros nuevos camaradas, corriendo dichosos entre fantasmas de familia, en este casticismo chuleta de calles en clave de árbol genealógico. Buscamos veloces pero parece que el pueblo hermano se abandona camino del Olvido como nos confirma un mercader árabe que, desganado, nos manda a una calle que parece acoger dragones.

El Chino, gran Guillermo, avanza raudo para ponerse al frente de la legión de los Paisanos de Fujian. Se camufla con habilidad y mando ante una pancarta que sólo él entiende y, con dos gestos, logra desviar la procesión de una comitiva que pasea zigzagueante entre calles colorines. Desde las terrazas llenas de ropa y triciclos nos saluda un mundo milticultu al que se unen unos españoles 1812 – los del otro lado del hemisferio – que bajan a bailar cumbias en esa algarabía que tan bien define “lo latino”, es decir, apuntarse a un bombardeo para celebrar la diversidad, o lo que sea, pero celebrar de todas formas entre lentejuelas y movimiento de caderas. Nos despistamos tras dos bailes y vagamos por las calles de ladrillo vivo de la familia Usera, Don Gabriel, entre un mundo de grafitos estilo Bansky que parecen imitar un Bristol de periferia. Se hace la paz y nos encontramos una calle de portales con jardín minúsculo y tez rosa pálido. Parece un barrio de London square, con sus restos de perro, paraguas en la basura y una calma nublada de arriba y abajo. Mi camaleónico amigo ya tiene los ojos engrandecidos y claros y nos inventamos, en paseo british, un vermut o’clock.

Y así, entre esta mañana entre los Sun Tzu, Washingtong Garcia y Lord Pérez, nos dejamos ver en la inercia natural de la España cañí de toda la vida que hace fotos mientras el patriarca insinúa a la parienta que esto ya está visto y que es hora del aperitivo. Nos unimos a esos genuinos en el mercado donde, ahí sÍ, las familias Cuéntame devoran calamares en un griterío ibérico.

En esa vuelta de primera mañana a los orígenes damos el festival por concluido y nos volvemos a meter, viaje en el tiempo, en el futuro refugio, cuando llegue la otra movida, hoy vestido de metro ingenuo. Salimos en Carabanchel, vía Oporto donde unos cachondos nos esperan con abrazos gratis a la salida. Nos saludamos fraternales y, desde la memoria del General Ricardos, héroe de otros siglos pero sospechoso de franquista por el Estado, entramos en un nuevo universo que está entre los palacios de Eugenia de Montijo y casas desarrollistas. Decadencia por mezcla de planes de urbanización donde buscamos ansiosos raíces de pueblo. El alcantarillado se mantiene firme con hierro de Carabanchel bajo, y los árboles desparraman sus raíces haciendo quebrar el asfalto. Nos encomendamos a San Sebastián, templo de 5 siglos en una plaza silenciosa de aldea abandonada y columpios sin niños. El Chino, autoelevado a gran emperador, me sube en su buga y como los aparcamientos se estrechan y mi amigo no baja de la quinta, viramos a todo trapo apatrullando la ciudad hasta dar con unos arcos de iniciación, tono modernista y vírgenes azulejadas. La ciudad de la Prensa nos da la bienvenida, mezcla de mansiones y nueva construcción, jardines improvisados y rótulos de periódicos decimonónicos.


Desde el repaso a los periódicos clásicos, prensa en sepia de mucha letra y poco dibujo, caminamos casi sin querer a visitar la infancia desde el instituto y el recuerdo de antiguos reformatorios y modernas escuelas de danza vigilados por depósitos de agua camuflados por una natura felizmente depredadora. De la nostalgia y la velocidad, es una mañana trepidante, los vermuts cada vez son más físicos, no se para y tenemos sed. Volvemos a Oporto, saludando a Vistalegre donde la sombra morada del país debate estos días. Tiempo para la reflexión en un mesón Astur con nombre exótico, tinto vermut y brindis para un recuerdo hispano de dos españoles que se quieren. Fuera, el personal sigue repartiendo abrazos y sablazos a diestro y siniestro. España sigue luciendo en su puzle.

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