NEBRASKA

Frío polar en Madrid. Baja el termómetro hasta caerse en horas de tinieblas dejando un Goya temblar de rabia frente al corte inglés. A su alrededor, los pobres se congelan aparatosamente en posturas tremendistas que ignora un personal catarroso de prisa rutinaria. Son mis horas de Eucaristía en tiempo ordinario, calor santo de media entrada entre media semana. He subido por las ruinas demolidas de Lagasca para mis paseos kantianos que culminan en un café crepuscular de nine o’clock. Salgo ya comulgado del templo, me abrigo las orejas con un invento de la Mesetaria y cruzo el semáforo con un susto creciente al horizonte: el Nebraska está cerrado a cal y canto. En su soledad, un cartel ambiguo en la puerta tiene tono de despedida, de sentencia de muerte. Miro tras las rendijas y acierto a ver la barra solitaria. Lloraría, pero con el frío que hace, me temo que la lágrima me corte la digestión bendita. Hago una foto pues, esbozo un suspiro, respiro hondo y paseo hacia arriba para contarme mi vida.

Erase una vez aquel Madrid iniciático donde desayunaba con churros y me conectaba a un WiFi de contraseña fácil y conexión azarosa. Entre churro y sorbos de chocolate, mandaba fotos a mi redacción y glosaba la ciudad veloz. El Nebraska tenía el tono de barra larga, uniformes a juego, tazas con firma,butacones de dos tamaños y amplios espacios con ascensor. Nos recordaba una época retro sin caspa, genuina entre tiempos donde camareros maduros y muy Madriles siempre tenían una sonrisa. Una vez que me instalaron internet en palacio, dejé mi visita para el ritual sacro del café cortado crepuscular. Mi Nebraska era el de Goya y, ocasionalmente, el de la Gran Vía. Voy pensando todo esto desde un sabor metafísico de un café cortado que reside en mi memoria, ya leyenda. Acompañándome hasta llegar a la esquina donde, enfrente, saludo a mi otro fantasma exquisito de Santa Bárbara, ahora poseído por una tienda de telefonía.


Hago pausa en mi relato y, siguiendo mi camino, concluyo que se nos va un mundo a pasos agigantados. Desde que vine a Madrid, hemos visto ya varios lutos, como aquel shock de El Comercial. No me cabe duda, es el Apocalipsis y sus señales, para que se vaya espabilando el personal. Desaparecerán los templos y las tabernas, las capillas y las cafeterías, los dos núcleos, en fin, donde se desarrolla espontáneamente el espíritu hispano. Europa y su estilo marca la modernidad: todos en casa a las 9 de la noche o de compras para distraer la depresión. Se va poblando el espacio público así de tiendas inútiles que rotulan descuentos en inglés entre locales eufemísticamente disponibles. Sigo andando veloz, temeroso hasta toparme con el Museo del Jamón. Sigue ahí. El día que desaparezca éste, será el finale.

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