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Por Juan Miguel Novoa, @MIGUELMCMURPHY

Se confirma la investidura oficial como Príncipe de la Paz al presidente colombiano Juan Manuel Santos. Elevación al Olimpo desde unos organismos que, tomando parte, lo realizan de espaldas y contra el pueblo, ese pueblo que dijo no al tratado de paz de su legítimo gobierno con el narco terrorismo de las FARC.

Sabemos que desde que desapareció el Antiguo Régimen, con sus aristócratas y corte colateral, el recambio de prohombres se elige de otra forma, alzándose al mito de la gloria y el ejemplo por grupos formado en camadas de parlamentos y más arriba y que ahora se descubren como casta. Las cosmovisiones han cambiado mucho y la última, desde el año 45 del siglo pasado -siglo ya tan pronto exhausto- se fue desarrollando desde las Naciones Unidas y demás organismos supranacionales para cambiar el significado de las mismas y así transformar la sociedad.

La paz es una de las grandes protagonistas, casi al nivel de la libertad, el amor, la solidaridad… en fin, de todas aquellas que sustituyen a la fe, la esperanza y la caridad metafísicas. La paz modernamente interpretada no es algo que se nutra desde la justicia y sea conclusión lógica de ésta. No, la paz del ahora consiste en el acuerdo, en el no-a-la-guerra sin más, cobijándose en el eslogan facilón y astuto, imposible de rebatir en zasca, y que simplifica la paz conquistada a la renuncia de justicia por el pacto puntual.

En España sabemos de eso mucho. En las décadas de democracia si hubo un factor común al establishment político fue la continua negociación con ETA de todos los partidos. La figura del Príncipe de la Paz en este asunto quedó adjudicada al señor Zapatero, el cual otorgó muy coherente el título de hombre de paz a Otegui. Pero él fue apenas una figura, ya que el estadista Rajoy remató la faena con aquella sentencia de Estrasburgo que, no sólo no se impugnó, sino que se cumplió en 24 horas, curioso en un país donde no se cumple ni la Carta Magna.

Es éste un sistema peligroso de juego donde, en fondo se hace patente la debilidad de los Estados ante la fuerza. Debilidad terrible porque, en el fondo, queriendo o no, se asume la razón del enemigo o, simplemente manifiesta la incapacidad propia. El daño mayor e intangible es la producción de un embrutecimiento social que aprende rápido que la violencia armada, si es dura, efectiva y continuada, otorga estatus de poder desde el trampolín de un conflicto amañado que se eleva a ideología. Al final lo de siempre: unos se nombran príncipes de la paz y los otros legitiman sus pecados haciendo virtud de los mismos. Al fondo, el pueblo que -poniendo los muertos de cada día- calla o le callan.

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