Llega la luna a rubricar otro finale. El Finale. La encontraré en el extremo duro de una calle ascendente y empedrada donde me vigila una torre de vigilante. Tras de mi, nada, mas allá, tierra de nadie: Castilla etenamente repoblada en soledades con adornos de girasoles.

Nadie fuera, todo dentro. La Castilla verde es un monumento a lo permanente, entre ruinas y Natura. Dos casas hundidas agonizan a la venta y el busto de Almanzor mira con la prepotencia que da haber pasado a la historia por un tambor.

La brisa de las madrugadas me atiza la corriente de fuego helado que recorre mi espina dorsal para avisarme que lo días están contados y que la Victoria no se puede posponer. Hay una nostalgia azul en las derrotas exitosas que habitan palacios en escombros, eternos cuarteles de infierno. Fuera. 
La luna reina y deslumbra puliendo las aristas de la Creación, haciendo de todo una espada que ansía conquistar las tierras de nadie donde los girasoles se intuyen en el amanecer de un día donde ya nada será igual.

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