BALADA DE GLOUCESTER RD, BRISTOL IN EXCELSIS

En esta jornada de reflexión y esplín, entre el Brexit y el calorazo, me entra la melancolía acordándome de Bristol. Clare me manda un mensaje lloroso del Brexit y yo desempolvo un escrito de otra vida.

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Siempre me invade cierta emoción cuando piso de nuevo los dominios del “Gang”. Sus territorios asimétricos que limitan al sur con el “Cat & Wheel” y al norte con Gloucester. Y vuelvo siempre recorriendo el camino inverso que exploré hace unos siglos, dando un paseo lluvioso por la mítica vía gris que, más que unir, separa dos mundos distintos. Esa vía que nace en el orden Victoriano de Queen Square para fallecer de “delirium tremens” en la anarquía alegre de Gloucester Road.

Queen Square impresiona con sus edificios victorianos, su cuadratura inmensa y sus mujeres rubias tipo business que pasean imponentes y por el día entre consejos de administraciones. Cuando llega la noche vemos a esas mismas chicas trotando entre el empedrado rompetacones de King Street con un movimiento menos vertical y con más ruido. Son esa horas perdidas en que los clubs caros con docenas de guardaespaldas en las puertas escoltan a las damiselas agitadas que dan grititos de grupo cuyo cuerpo anglo ya está pulido en las ofertas de Vodka 2 x 1.

Pero como he dicho, el reino del Gang no está por esas latitudes, no. A las tierras del Gang se llega por caminos que se alejan de la ruta turística y de la arquitectura oficial de la urbe. Cuando se vislumbra “The Cat & Wheel” ya se pueden ver a miembros del Gang paseando errantes por su calle empinada. Aquella calle mágica donde los perfumes de los Kebabs, takeaways, Charity shops se confunden con la humedad de la lluvia permanente.

Los lugares sagrados en esos reinos se llaman “pubs” abreviación de “Public House”. Son hogares entrañables llenos de “locals”, es decir siempre los mismos clientes, y la bandera inglesa cuelga con melancolía y mugre (esos dos rasgos de la gloria perdida) en la puerta de muchos de ellos. Aquellas “casas públicas” son realmente el hogar del Gang.

A mi aquellos pubs me gustaban mucho, como me gustan las tabernas típicas, las bodegas, y todos aquellos lugares que están vacunados frente al influjo de las modas. Además el único español que se podía encontrar por esos lares era a mí lo cual era muy satisfactorio porque siempre evité en el extranjero los grupitos nacionales y los “ghettos” que se suelen hacer entre miembros de un mismo país. Yo siempre intenté meterme al fondo en los exilios con la sola ayuda de loa aborígenes del lugar.

Conocí al gang por vía sentimental, cuando desembarqué a la isla y todavía soñaba en pelirrojo. La pequeña diosa me presentó a las primeras de cambio al grupo iniciático para hacerme una idea de lo que habitaba la tierra. Sí, me parecieron ciertamente isleños y brillantes. Nos caímos bien en seguida y supusieron la excepción bohemia en mi vida y mi escuela de la lengua real sin mencionar nunca un taco. Esto es curioso porque nunca en mi presencia, y de esto doy fe, se utilizó el taco o la blasfemia en las tierras del Gang.

Nuestros amigos se reunían diariamente con increíble disciplina cuando dejaban sus disfraces mundanos y se dedicaban a su vocación eterna de la interpretación de la vida destilada por las pócimas mágicas del “Ale”. El gang se sentaba cada tarde frente al ventanal del “Cat & Wheel” o cerca de la chimenea del “Prince of Wales”, o quizá en las oscuras áreas del “Forrester”, donde la sidra con rodaja de limón se servía en jarras inmensas y personalizadas para cada miembro de la particular secta. Yo en aquella época hablaba el idioma con acento brusco, me costaba entender las conversaciones y pronunciaba “Glousester” al nombrar la calle.

El Gang me cogió cariño desde el principio y me explicaban cosas tremendas con diferentes acentos. Ellos ponían todo el corazón para que yo les entendiera y yo todo mi entusiasmo para comprenderlos. Y posiblemente sea esa mezcla, de corazón y entusiasmo, la que hizo generar un respeto mutuo y una comprensión que hizo juntar a personas con biografías tan diferentes.

Roger “The Poet” me explicó el primer día con su acento galés un poema chino que hablaba de una silla. Siempre le veía los domingos por la mañana tomando café en la calle:

“Tu vas a misa y yo vuelvo de mi resaca” me saludaba siempre.

Con Robin debatíamos a “St John of the Cross” y a la “Catholic Church”. Petra en su camino a la Santidad se paraba a tomar unos vasos de vino mientras nos explicaba de nuevo las diferentes interpretaciones de las visiones de Julian of Norwich. Seamus siempre me preguntaba por Dios, si sabía algo porque él le había perdido la pista. El viejo Seamus hablaba “English Posh” porque su padre era Inglés aunque él nació en Irlanda, la tierra de su madre. Por tanto Seamus era Irlandés en U.K. e inglés en Irlanda cuando los taberneros de Dublín le miraban agresivos al pedir una Guinness con acento reina madre.

Y tantos como ellos conocí en sus templos con grandes ventanales como fuertes construidos para protegerse de lo cotidiano, de ellos mismos. A veces se quedaban mirando a la ventana al lado del fuego mientras bebían sus pócimas para entenderlo mejor y curar heridas internas y eternas. Esas heridas que una vez muertas resucitaban por las mañanas despertándoles puntualmente con temblor en el alma y en las manos para ofrecer una lucidez exagerada.

Fueron buenos conmigo y nunca nadie se juzgó en los campos del Gang, y menos para condenar porque uno entiende que cada uno se fabrica una cruz que lleva como puede y ahí está el trauma. Me cuidaron bien hasta que un día entre conversaciones fantásticas ocurrió el milagro: mi acento se hizo legible y comprendí por iluminación que Gloucester no se pronuncia “Glousester” sino “Glousta”. Ese día temblaron los cimientos de algo y el mundo de Queen Square me llamó para seguir puliendo mi acento en otras moquetas y a otra gente.

Para entonces ya había dejado de soñar en pelirrojo y me adentré en otros viajes. Pero a mí no se me olvida quien me ayudó y siempre vuelvo a las colinas de estos camaradas que se quedaron a medio camino de todo para ver la calle juntos desde el gran ventanal como si fuera otro mundo mientras la campana de las once está a punto de gritar “last orders”.

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