«¡ALI, BOMA YE, ALI, BOMA YE!»

En la vida hay dos vías que portan a la victoria: una es saber atacar a tiempo y la otra saber encajar los golpes. Las dos son complementarias y forman un patrón de éxito aplicable en todos los campos. Si bien la primera parece más obvia, por espectacular, la segunda es la base que la nutre. Lo entendí en un combate de boxeo que veo cada 20 de Mayo entre Cassius Clay, ya Muhammad Ali, contra George Foreman en Zaire. Las imágenes no se me van de la memoria desde la primera vez cuando Ali se balanceaba en las cuerdas acunadas golpe a golpe por el gigante Foreman. Con disciplina mecánica, demoledora y cansina, los impactos se desplegaban a izquierda y derecha ante un hombre que apenas acierta a taparse el rostro, al que solo descubría para decir maldades a su oponente, «¿es eso todo lo que tienes?».

Pasaban los asaltos hipnóticos donde uno sentía desde el dolor del cuadrilátero hasta el calor angustioso de un África, reino infame de los Mobotu patrocinado de la mano de Don King, que dejaba al eterno populacho entre bandolinas de miseria estructural. Los gritos de la canalla ¡Alí, Boma ye!, acompañaban los gongs sucesivos de campanas que tocan a duelo hasta que, increíblemente, la cara de Foreman se va descomponiendo frustrada a medida que Ali gesticula sus moratones con sorna. Toda una sinfonía de torturas con un finale trágico: con los brazos rotos de George golpeando al saco de carne, Ali en dos toques letales, apenas suspiros a pasos de ballet, lanza aguijones certeros a un gigante que se nos desploma a cámara lenta. Esa derrota es una muerte en los medios con Alí diseñando un capotazo en clave de mimo.

África entonces estalla de calor acumulado. Es una forma de ganar, la suya: esperar, sufrir, aguantar, ser embestido hasta el fondo entre susurros desafiantes y, cuando la fuerza de ataque se retuerce impotente en sí misma, aprovechar ese momento de duda y pánico para sacar una última bala, esa que mata.
Asalto histórico que es más que un asalto y nos deja la metáfora de una vida de artista. Porque el Arte es lo que hacen los artistas nos recuerda Grombrich, y el boxeo, ajedrez físico de conocimiento noble, es un esquema de vida por gente como Ali. Arte maldito hoy, lo sabemos, como los toros, y toda actividad que nos lleva a entender lo Real tan despreciado por esta sociedad higiénica de soledad y mascotas. El artista, sin embargo, no se queda ahí, va más allá de su labor, haciendo de la propia existencia una obra maestra, o por lo menos intentándolo. Showman, poeta de ripios y respuestas rápidas, provocador inteligente que manipula y escupe verdades aunque sean falsas, haciéndose símbolo de una época que supo entender y moldear a su gusto. Cassius Clay, nombre de esclavo, fue lo contrario de ese destino, un icono en vida, que es como ser canonizado en el más acá desde el olimpo mundano. Tantos posters como los Beatles y más frases que Oscar Wilde, son la estética resumida de otro mito del siglo generador de mitos.

En su demagogia y excesos, yo sólo admiro el talento, igual sea el color que posea o la idea que porte, y respeto al hombre que se emancipa de sí mismo inventando posibilidades. Por eso siempre rezo por los artistas, aquellos tipos que, forzando su vida hacia un horizonte más allá de su labor, nos dan pistas de ese gran misterio llamado Realidad.

Cassius Marcellus Clay, DEP

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