VERMUT DE LOS NIÑOS DEL CORPUS

Están los niños como pinceles, recién bañados, pulcros y afeitados despidiendo lavandas y frescores. Es la hora del vermut en un jueves que brilla más que el sol cuando Tomasito, tras pelearse con su silla, recibe resistente a la mañana. Moviéndose continuamente entre suspiros roncos, he tenido que dejar cogerme el dedo para pasear sus nervios por la sala. Nos vamos conociendo, tras cinco días, y ya adivino sus gustos, sobre todo los musicales. Nos presentaron diciendo que el chico se sabía todas las canciones pero, el problema, es que el que las desconocía era yo. Así, haciendo uso de la memoria tuve que recordar la banda sonora de mi prehistoria para poder entonar el “Susanita tiene un ratón”. A los primeros acordes le cambió la expresión, entre el desagrado y la sorpresa. Normal, no sé cantar y tuve que forzar el tono desde un barítono canalla a tenor de tres al cuarto hasta alcanzar un primer éxito. Fue en la nota “TIN” del “chiquitín” cuando encontré su aprobación con una carcajada. Esa clave logró abrir su sonrisa alterada de asimetrías que logró soltarme el dedo para, con una apertura sutil de su mano, esbozar, apenas crear, el dibujo de un abrazo roto que me buscaba. Fui a recoger ese gesto en el aire, allá donde sus ojos abultados, grises de vacíos se alzaban. Tomasito entonces se sienta para beber el vermut de agua a tragos, amagados de inquietud de un trago, o dos, si se está quieto.

Toda una diferencia con Josera, cuya tranquilidad exige ralentizar el vermut, prolongando el placer desde una pócima que añadimos al agua para que así se haga sólida. Única vía para entrar en su organismo de chavalote del norte que adivinamos, si no en su cuerpo inexistente, sí en su rostro de levantador de piedra. Es éste un vermut con cuchara, que viene a ser como beber un vino de toro pata negra en aquellos tiempos rigurosos de Castilla profunda y barriles de bodegas. Josera siempre está dispuesto al vermut, y abre la boca con una disciplina regular, rítmica que también he aprendido en estos días. Tras jornadas de dejar su babero hecho una verbena, el tío levantaba la vista leve, en su fijeza, para que yo intuyera que decía “quién será este cabrón que me está pringando la cara incapaz de darme el aperitivo como Dios manda…”. Sí, me daba cuenta, y con la dedicación que pude, encauzaba la cuchara cada vez mejor para que, en éste, el ultimo vermut, pudiera saborearlo bien y dejarle la cara para apenas un último frote de babero.

A mi derecha, Riqui me reclama. Sabe que es la hora y desde su mundo circular de movimientos de cuello, comienza impaciente a golpear su cabeza de pelo rapado hacia el cabecero de la silla. Se la recojo con cuidado, notando su callosidad de surcos. Mi mano izquierda en su mente y la derecha en vaso amarillo de agua. Riqui se abalanza a cada trago y sus grandes dientes ansían una tapa para acompañar. Pongo mis dedos fuera de su alcance y entre risas atrapa un vaso que trae hacia sí a dentelladas. Es cuestión de espacios y pausas, equilibrio despacito, control de ansias. En cinco embestidas termina un vermut bravo, temperamental, que nos reposa el día y la eucaristía a la que acabamos de asistir.

Porque es un aperitivo español, en toda regla. Patrón de fiesta eterna que comienza con una misa y acaba en siesta. Entre medias… el relatado vermut.

La misa fue interesante y sorprendente, como todas las de aquí. El cura latinoché nos explaya homilías acodándose en el Altar y en la Palabra. En tal equilibrio místico glosa desde Dostoyevski a Guardini mirando fijo al fondo del templo. Yo miro de reojo a tal hueco pensando que se dirige a ángeles con togas que se deleitan admirados. Pero entre el páter y los alados estamos nosotros, la tierra paria y doliente que, ciertamente alcanzamos algo de la especulación sacra, aunque tengo la tentación de decir a mis camaradas que no se pierden mucho. Los chicos están más cerca de un Espíritu Santo que sobrevuela erudiciones dejando comulgar.

Así, tras los ritos llega el descanso. Reposo limpio de lechos pulidos por Hermanas que agitan de mañana edredones de palomas cantando su alegría de mandiles en tres acordes. Los niños entonces se mecen entre grúas y protestas, dejándose acunar más vulnerables. Entonces Riqui se ríe, se carcajea cuando al tumbarse con su pijama nuevo se desbordan vermuts incontinentes entre pañales. Regular consecuencia de cada día, que apresuro a corregir para darle descanso. Entre los guantes y la manopla levanto sus tobillos, que presentan inexistentes pies, mientras pienso en la teología. En estos días he vivido una teología Von Balthasar, sabida de conceptos depurados en escala erudita, otra monjil, de notas musicales aniñadas y plegaria de mandiles blancos, y otra, la que necesitaba, de heces y babas roncas que navegan incontinentes por pañales a media tarde cubriendo a inocentes. Y es que todos los caminos llevan a Roma, dice la sabiduría de calle. Tres vías para el Misterio más importante y que, naturalmente, el mundo ignora más allá de estos muros.

Termino mi reflexión entre pañales renovados y apago las luces para dejar dormir a los niños tras la fiesta. El vermut, mis vermuts, son liturgia y aprendizaje, yo no los tomo con cualquiera, pues los placeres no se pueden forzar, sí compartir. El vermut se hace con sujetos a los que admiras y a los cuales uno puede aportar algo a su talento. Sin embargo éste no ha sido así. Ha sido el más injusto por egoísta, pues yo apenas he podido aportar nada a mis camaradas. Ellos lo han hecho todo: me han enseñado a cantar, a servir con eficiencia para que esto limpie mi corazón desde la teología de unas heces bravas entre risas. Niños que tienen más o menos mi edad. Somos quintos en el orden cronológico aunque el tiempo ha corrido de diferente manera en ambos caminos. Si a mí me roe y desgasta, o incluso pule, a ellos se les coagula con la biografía. Una infancia forzada se quedó en los inocentes cuando, entre cordones umbilicales que fueron soga, o batas blancas que escondían parcas negras, o infinitas calamidades de lista abierta entraron en la vida por el túnel amarillo de la enfermedad.

Apago la luz de la sala. Afuera, desde las rejas de mi ventana, la Natura sigue impasible dejándose dorar del ciclo eterno. Es hora de dormir, las Hermanas se van dejando el eco de sus notas para crear nanas. Rezo entre dichos ecos a los ángeles de la guarda mientras, en las pausas, aguanto los gritos de la noche inocente que, como plegarias de dolor, atraviesan la noche clamando al Cielo.

Jueves de Mayo 2016, Corpus en las Hurdes

IN EXCELSIS

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