OH CAPITÁN, MI CAPITÁN

Fran, Alma, Francisco Javier Capitán, mi capitán, intelectual y literato fuma su pipa en Huertas bajo un sol de miércoles en tiempo de siesta. Le observo desde la barra del templo y recuerdo su primera imagen en la capital de La Meseta cuando, entre la niebla y José Zorrilla, bajaba una pareja a nuestro encuentro. Bendecidos por la musa del romanticismo vallisoletano, Fran y su Sol saludaban sonrientes envueltos en humo santo de pipa y bruma. Estampa de dos amantes de romanticismo encarnado de carisma british, se integraban a aquella comitiva de invierno citada a cenar como en una obra victoriana. La primera imagen marca, claro. Esta memoria sentimental se trabaja bien en las películas, cuando se cuida la presentación del personaje en la primera escena para desarrollar el carácter del resto. Hay personajes que bordan cada escena y siempre nos aparecen originales pero manteniendo una idea inicial. A esto se llama estilo, la belleza del carácter, y mi amigo Fran, Alma, Capitán mi capitán lo cultiva sin esfuerzo.

Dejo mis pensamientos y salgo al sol a saludarle. El abrazo me inunda en su humanidad Chesterton-Foxá, o viceversa, dejándome olor a tabaco antiguo. Hemos quedado en el café El Diario, recuerdo de diario Pueblo por donde comienza el barrio de las Letras. Comenzamos así en las Letras de la literatura urgente del periódico, hasta la palabra perenne que brilla en los adoquines de camino a los siglos de Oro. Con los sabios hay que elegir bien el sitio, para que estén a gusto en los vermuts.

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Tomamos café, para empezar, y Fran, Alma, Capitán mi capitán enseguida se hace con la conversación, el tío. Hace bien, me dejo llevar por sus referencias, su discurso, sus preguntas, su ritmo ordenado de calma. Me respeta tanto como yo a él, que ya es decir, interesándose por mi prosa y se deshace en halagos apuntalando ejemplos de libros, como el gran profesor que es. Empezamos fuerte desde el mercado editorial, dándome ánimos y consejos, opciones. Ya sabía que un vermut con un sujeto así lleva tiempo, días, que puede ser interminable. Los temas se multiplican entre los dos cafés que se agotan enseguida y empiezo a hacerle fotos. Saco la cámara con el plano pensado, Citizen Kane, entre periódicos y cámara baja como nos explica Welles en su rodaje. Alma lo sabe de memoria porque ama el cine, y no hace falta explicar nada cuando se pone natural su sombrero posando como si fuera un casting de la Mercury.

Hay una euforia ya de amistad reconocida, renovada, resuelta, mientras subimos la cuesta entre baldosas poniendo a parir a Borges, que eso siempre anima. Unas letras de oro se aparecen en el espejismo de la ruta, leemos “en un lugar de la Mancha…”. Entonces para nuestro Capitán y con pausa de poeta, apaga la pipa se quita el sombrero mientras rezamos en latín por el Hidalgo, cuyo fantasma de gigante corre por aquí asaltando verdades en letras. Y es que yo hubiera querido hacer este vermut el 23 del mes pasado, recuerdo, y entre agendas y follones se tuvo que posponer. Pero es igual, el Quijote es eterno y a las mentes “letra heridas” que diría Don Amando se les aparece siempre al galope.

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Seguimos ese galope, ya rezados y sin más destino que el que las Letras nos impongan. Así comenzamos a hablar de mis islas mágicas, y la nostalgia de lo perfecto cuando, entre ensoñaciones, abrimos los ojos para ver la mirada irónica de Wilde, Don Oscar, Lord of the language, que nos invita a entrar en un irish pub. Todo así, natural, como cuando la vida te sonríe, inmersos en la penumbra roble de claroscuros verde esperanza. Nos acodamos en la barra para recibir dos Murphys pelirrojas, y un Cheers acampanado despierta las memorias del local. No se lo digo pero hace siglos que no tomo una pinta, por sentimentalismo, mayormente. Pero hoy me reencuentro con el pasado y lo celebramos hablando de Erín, Inglaterra… hasta caer en el ruedo ibérico. Fluidez de ideas, conspiraciones, política y Estados. Nos contamos nuestras teorías y me escucha con interés mi radicalidad. España nos come la conversación, of course, el monstruo de tantas cabezas llena nuestro dolor de españoles con llanto huérfano. Caen pintas y letras, más brindis, y advertimos que un Madrid anglo se va asomando a ver el partido. Fran, Alma, capitán mi capitán entabla conversación con un Sueco enrojecido mientras vuelvo del servicio. Desgraciadamente tengo que partir, a desgana, porque tras horas hablando sin parar, la conversación es apenas un prólogo para lo que ocultan tantos temas.

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En la calle, de camino a Sol, hablamos de su Sol: se le cambia la mirada y el tono se sosiega para convertirse en Dante y narrar la mayor declaración de amor que he oído. Como no sé qué decir a este punto, por lo que le doy un pequeño toque macho en la barba, cachete extraño entre adoración y cariño que hago rara vez, y nos damos un abrazo hasta la próxima. Se acaba así el prólogo de infinitos vermuts mientras le veo caminar por Los Madriles con su silueta de dandy inglés exhalando humo bajo su sombrero.

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